No sé si es peor una fotografía diario
o un escrito diario. Esta es la triste historia de los dedos que no sabían qué
escribir pero sí (qué) sentir.
Es que es cierto, las cosas que se
practican todos los días van perdiendo el saborcito, la carnita que hace a uno
hasta voltear los ojos de tan sabrosa experiencia. Sin embargo aquí estamos,
porque, digo… es la segunda vez que lo hago. Ya nos veremos las caras en la
publicación número quinientos, o así... eso espero.
Eran dos cosas. Por un lado tengo la
extraña inquietud de explicar algo sobre el acto de fumar; por otro, sobre el
día… como si hubiera algo más allá del disfrute momentáneo del presente. Porque
este día sí fue disfrutable, por lo menos no me quedé todo el día frente a la
computadora, nada más moviendo las cosas pendientes de lado, como se suele
hacer toda la vida, hasta la mera hora, la hora fatídica…
Hoy salí y me encontré con que ya nadie lo
hace más, no con el mero propósito de asomar la nariz por hacerlo. Vivo en una
calle enorme, enorme de larga; puedo presumir que en esta mañana me encontré
apenas como a seis pelagatos y ni siquiera salí tan temprano como habría
deseado. Es extrañamente relajante caminar sin tener un problema en el mundo,
aparentemente. Pues era domingo y cualquiera que se precie no hace nada el fin
de semana. Pensamiento cambiante con relación a la primera columna.
Pero es igual, uno sale de su comodina
prisión para meterse a otra, la cual apenas tiene algunos cambios, pero en
esencia atrapa, adormece y cristaliza el tedio. El secreto está en encerrarse
con quien se prefiera, con quien haya tolerancia mutua, por cierto tiempo. Así es
hasta que uno se hace pasita y después vuelve a inflarse en forma de esperma. Con
semejante mentalidad, probablemente hubiera sido uno de los espermatozoides
relegados, que esperan a que el más fuerte llegue. Si tan sólo me hubiera
quedado en la mano de mi padre… y esperar pacientemente a que mi madre tuviera
a un hermano mío, más fuerte, guapo, grande y frío. Nadie tan especial como el que no está.
Regresando al punto, parece ser un
buen día, nada ocupa excesivamente la preocupación de nadie para vomitar tanta
bilis, no en domingo. La miseria cala porque deja morir a uno de a poco, cual
pruebas gratuitas en el mall, hasta que le dicen a uno que es la tercera vez
que se lleva un puño de donitas con azúcar y que se van a ver en la penosa
necesidad de vetarlo... otra vez.
Sin darse golpes en el pecho, el
presente es bello, porque se puede posponer el punto culmen hasta límites
inverosímiles, hasta el más ínfimo segundo. Da gracia cuando no es uno el
afectado, pero a la vez no hay nada como reírse de uno mismo cuando toca.
Oh sorpresa, uno se topa que las
generaciones anteriores sí que hacen sus cosas el domingo, como todos los días.
Y se topan con la famosa “millenniada”, se dan varios golpes en pecho, todo
mundo pregunta “¿Qué hicimos mal con estos muchachos?”, cuando nada es tan malo
para azotar a todo un rango de edad, un estilo de vida adaptable a cambios, a
que todo cae en las manos en forma de descarga ilegal o de manera injusta,
porque nadie enseñó que las demás generaciones culparían a ésta de todo. Y está
la ansiedad, la era vintage, el anhelo de más, la realidad inferior, malsana,
la completa mediocridad, salpicada en el rostro de jóvenes y ancianos.
Ahora, el fumar. Bastante relacionado
con la ansiedad, el bulto que carcome y se lleva a los más débiles. Una vez
alguien me dijo que el acto de fumar es igual al de respirar. Al final
necesitamos observar ese halo que va o viene, necesitamos aspirar algo con
cualquier propósito, menos para expandir a ese bulto que no hace más que crecer
y, a la vez, muta en una pelota hueca en el estómago. Tal vez el fumar sea
menos necesario que el respirar, pero por breves instante se presenta, atiende
a las verdades físicas para ser, entonces observamos lo que nos mata.
Comienza como un dulce secreto, una
expulsión ardiente en los pulmones tiernitos. La succión es tan fervorosa y
pasional como el propio corazón, transmuta por un instante, preferiblemente
interminable. De hecho, se acaba tan rápido que sólo queda pedir otro al amigo
que experimentó antes y ahora se compra la cajetilla; eso o volver al asqueroso
aire.
Inhalar y ver el dióxido de carbono,
porque recuerda bastante a la exhalación en ambientes helados. La niñez, las mejillas
sonrosadas y el olor a mamá. Observar la forma del humo: mujeres curvilíneas y
deliciosas, paisajes preciosamente inimaginables, todo vertido a carboncillo. La
sensación no escapa, el cilindrillo sí. Se extingue en la suela, se escupe lo
que una vez se disfrutó. Queda ahí para que otros la pisen y noten que ahí se
terminó el exhalo de un alma anhelante. El alma se autoconsume y las cenizas no son ella, son un despojo de malas decisiones, de amor malconstruido hacia el mismo ser.
Uno expele hasta que es expelido. Bota
hasta que es botado. El humo ya nace de los pulmones, los cigarrillos se
encuentran más cómodos en la boca de uno que en un cenicero, pues la boca huele
más a ellos que ese asqueroso pedazo de vidrio que empala a sus conciudadanos
moribundos. La vida finalmente dura lo que un cigarro y se acaba porque tiene
que hacerlo, al final somos colillas dilapidadas en suelas de piedra, esperando
que el caminante nos note y exhale melancolía, pero que cambie la página y fume
a sus semejantes “vivos”, fuegos resplandecientes que refulgen en cada
inhalación. La ceniza es el fracaso, la cercanía a la colilla es indicada por la
calidez de vivir de la mano de más experiencias, saber más por diminuto que por
nuevo. La cosa es que yo era un churro, tienen que prenderme constantemente
para disfrutar.
La vida trata de rozarse con
momentáneas experiencias en donde todo cuadra, seguido de un montón de
confusión. El único intermedio es la risa, la caminata despreocupada, los
besos, el adiós y el choque con otras mentes.
Y listo, a comer patrañas para la cena,
aunque ya he comido suficiente por hoy, bueno… ¿qué tanto es tantito?
