Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

20170327

I. How I Met Your Serie o Cómo Conocí A Tus Spoilers Con Reseñas

Este título (malo) abre con una suerte de registro de mis trabajos anteriores, todos dentro de un blog grupal de la carrera de Estudios Literarios. No representan algún símbolo de orgullo o tal, simplemente es una documentación sobre el poco o mucho desarrollo escritural que obtuve gracias a veinte columnas escritas cada martes de principios del 2016. Que lo estoy resubiendo y ya, porque no he tenido tiempo de desquitarme con la escritura, más allá de ensayos y exámenes domiciliarios. 


Ansari y el malcriado freelance de la segunda generación indecisa


“Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendí un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos. Y otro higo era una famosa poeta y otro higo era una brillante profesora. Y otro higo era Europa y África y Sudamérica. Y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales. Y más allá y por encima de aquellos higos había muchos que no podía identificar. Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre solo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto. Mientras estaba ahí sentada sin decidirme, empezaron a arrugarse y a tornarse negros. Y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.”

—La campana de cristal de Sylvia Plath. Master of None, capítulo 10 “Finale” minuto 20:30.



Apenas al entrar a segundo semestre (y sobrevivir al primero) recordé mi promesa de vacaciones, que iba a dedicarme en cuerpo y alma a la escuela. Llegó el martes y decidí empezar y acabar con Master of None, una serie indie que uno se sorprende dejando para después en la lista de Netflix, precisamente la plataforma que la produce y emite. Sin embargo, al contar tan solo con una sola temporada de cinco horas en total (divididas en diez capítulos de treinta minutos. Matemáticas); la serie dirigida, escrita y protagonizada por Aziz Ansari (Parks & Recreation, Buried Alive) se posiciona como la mejor comedia del año 2015, según The New York Times. Como la columna presente no es patrocinada por Netflix, ésta se interesa en dar una reseña neutral, de verdad. Sobre todo porque es la obra perfecta a modo de inauguración de estas columnas con nombre pretencioso; escritas por una persona que toma MUCHAS decisiones y persevera con muy pocas.

El título muestra el transcurso de los “veinte y pico” de Dev Shah, un indoamericano neoyorquino descendiente de inmigrantes y por lo tanto, parte de la segunda generación que tiene las comodidades que sus progenitores no tuvieron. Dev es (o pretende ser) actor, actuando en comerciales, sitcoms y películas, fracasando eventualmente en algunos trabajos y viviendo de las regalías de pequeños comerciales. Tan solo el título habla de la trama, al provenir de la frase figurativa “Jack of all trades, master of none”, traducido en español como “Aprendiz de todos los oficios, maestro de nada”. Y a lo largo de la historia se tiene esa sensación de que se “habla” de todo y de nada, puesto que el eje principal, el propio Dev, se da cuenta de que nada en su vida es seguro, precisamente en la edad en donde el camino “debe” volverse más claro. Es la impaciente vida del millennial contra su incapacidad de convertirse en adulto.

El género de comedia que le adjudican es algo muy debatible. Master of None como tal no pretende causar la típica y simplona risa pregrabada de otras series, ni escupir “Nueva York” por todos lados; sino que busca ese rastro de burla y/o ridículo encima de la porción indicada de profundidad. La reflexión y la comedia negra son acompañadas con el estilo fílmico que Netflix ha probado anteriormente con Orange is the New Black y Better Call Saul. A pesar de retratar a un perdedor neoyorquino, quejándose de su día a día por cosas tan banales como la recepción del wi-fi; se manejan temas tanto triviales como importantes: el racismo, la dificultad de la vida laboral, el machismo, el acoso sexual, la integración de distintas preferencias sexuales como algo ordinario, las diferencias generacionales entre padre-hijo y sobre todo el amor moderno (posmoderno… posposmoderno) en tiempos de las redes sociales masivas. Todas las índoles que afectaron a Dev y a su alrededor en algún momento.


Entonces, si todo es profundidad y ridículos ocasionales, ¿Master of None debe considerarse imperdible? La respuesta puede ser muy compleja, porque siempre existe ese lado malo o en este caso ese lado todavía neutral que también debe enfocarse en lo flaco de la trama. En plena serie da la sensación de que Dev es un Gary Stu. Más allá del protagonismo intrínseco y las partes esenciales de la historia, al resto de los personajes no se les brinda la profundidad necesaria que haría del desarrollo algo más disfrutable, siendo tan exagerado como el juego de Simón dice. Con respecto al interés amoroso de Dev, Rachel, es fácil identificar por qué uno termina odiándola y es sólo porque uno se mete tanto en el egoísmo del personaje principal, al punto en que lo demás se vuelve predecible. Son reconocibles los diálogos planos, las relaciones forzadas y el cambio tan extremo entre una temática y otra. Spoiler: extendieron los inicios de la relación de Lily y Marshall de HIMYM en un capítulo 9 decepcionante.

Alan Yang y Aziz Ansari fraguaron un título que refleja el tiempo en el que vive, que le habla a una generación indecisa, una generación que tiene todo a su favor pero a la vez lucha por encontrar su sitio. Es una serie sobre personas reales que quieren entender lo que es la vida, sin dejar de vivirla.
Desde el primer capítulo se puede decidir si uno decide dar su alma a la obra o no, a pesar de la evolución evidente y de treinta minutos que dicen más de lo que se alcanza a percibir en el momento. En palabras de Yang: "es gracias a los heterosexuales blancos que dominaron el mundo de la TV y el cine por tanto tiempo; que ahora la historia de cualquiera parece original y fresca."

NO IMPORTA TANTO LO QUE PASA, SINO POR QUÉ PASA

7.5/10

20170308

21

¡Mírenme bien! Soy idiota, soy un farsante, soy un bromista. (…) ¡Soy como todos ustedes!
— Tristan Tzara

¿Para quién canto yo, entonces?
Si los humildes
nunca me entienden,
si los hermanos
se cansan
de oír las palabras que oyeron siempre,
si los que saben
no necesitan que les enseñe
— Sui Generis

Este minucioso seguimiento de ambos ni siquiera pretende ser explícito o seguir alguna especie de crítica. Sí es la percepción actual, el camino que ha sufrido diez mil reparaciones, que ya no sólo depende del artista; y mucho menos del que se hace llamar así.

Nadie, durante toda su acelerada travesía por el mundo, se encargó de decirle a Dos que era especial. No del tipo deficiente mental, tampoco del que bien podría poseer el don de la telequinesis, dado su enorme coeficiente intelectual. Dos, en pleno 2017, era de las poquísimas personas sobre la Tierra que no aparentaban más de lo que eran. Sí, lamentaba sus defectos y sí, estaba en paz con sus virtudes. Pero no había ni habría más.

Por su parte, Uno anhelaba dejar de respirar en el momento en que todos lloraran y gritaran su nombre. Porque, ¿vale de algo esta cochina vida si a uno no le recuerdan una obscena cantidad de fanáticos, un sequito sectario que pretende conocer al ídolo en boga? Grande era su ambición, parece que había hurtado la de Dos. Por supuesto, como quien es finito, ambos tuvieron un génesis. Dos lo tuvo cuando murió su madre y Uno cuando reconoció la primera oportunidad para manipular a sus mayores.

A una edad muy corta, Dos reconoció que nada era eterno, que la gente cuando ya no es gente se erosiona, empequeñece y apesta. La última imagen, la que no se parece a la del corazón, es la que lo marcó para decidir sobre sí mismo. E incluso antes de que ella muriera, su padre nunca estaba, así que no fue tan difícil hacer surgir sus propias reglas. Cuando se estiró lo suficiente, su padre sólo le deseo que no fuera como él y para ello le aconsejaba no embarazar a una cualquiera, no confiar en nadie y aprovecharse de cuantos pudiera. Dos nunca más buscó a su padre.

Uno sabía que tenía súper poderes. Cuando alzaba un dedo podía despedir a diez, tan sólo con decir que lo habían mirado mal o que apestaban a alcohol. Cualquier atajo tenía su nombre escrito con fuego, y si había algo que sabía hacer, era imitar y hablar de todo con todos. Era el mito andante, la risa con patas; liviano de pecho y todo sonrisas. Fue tan fácil para él como estirar la mano y bostezar. Más pronto de lo que se cree aprendió a que si no se trataba de él no importaba.

Dos tampoco se deshacía en bondad, había ocasiones en que quería devolver todo el odio y la desdicha que el mundo le vomitaba en la cara. Sus hombros supieron formar una coraza, pues ya eran tantas y tantas veces que le habían pisoteado: por no probar drogas, por ser tan “así”, por no reírse con las cosas que se suponen eran graciosas, por ser real en un mundo de falsos. Pese a todo, aprendió a deshacer el nudo de dolor cuando apreciaba el amanecer, en medio del camino a su primer trabajo; cuando regaba las pequeñas macetas de su balcón; cuando podía ver una sonrisa auténtica, extraviada en la calle. Y supo que quería dibujar las pequeñas cosas.

El hombre más astuto y carismático plantado en el planeta, eso era Uno. Bastaba abrir la boca para comerse al mundo. Sabía que ya deambulaban tantos y tantos aburridos ingenieros, doctores, pilotos. Por supuesto, él podía ser todo eso y más, pero él no iba a dejar un cubículo lleno de expedientes, o una decena de personas sanas, o un pedazo de metal que estaba en el punto “A” y ahora lo estaba en el “B”. No. ¡Él iba a ser el próximo Picasso! E iba a renovar el mundo de la pintura, que, en pleno 2017, no valía una mierda.

Después, la mejor escuela que el dinero podía pagar, en medio de las mil y un becas que la casi nula dignidad podía perseguir. Así, más pronto de lo que se cree, Dos y Uno se encontraron.

¡¿A qué se referían con que sus obras no decían nada?! Él prácticamente le pedía prestada la mano a Dios para dibujar, era inaudito que no entendieran lo que trataba de expresar. El manchón de allá, obviamente, representaba la fragilidad de la carne; mientras lo amarillo que atraviesa en zigzag a lo verde, es la orina que todo ser humano ansía derramar en el pasto, cuando de verdad le urge satisfacer esa necesidad. Basaba todo en la propia experiencia, eso le habían aconsejado que hiciera para que su arte hablara a los demás. Pero al parecer todos eran una plasta de retardados anticuados.

En el momento en que la vio supo que toda la pintura que había ocupado antes la desperdició, pues ella no estaba retratada con ésta. Al escucharla reír, el trino de los pájaros se convirtió en un pitido insulso; al ser observado con esos ojos, la mirada de su mismísima madre fue olvidada. Las olas del mar descifraban trabajosamente la ondulación de su cabello, al ras del viento. Entonces gozaba como nunca antes sus propias lágrimas, desde ese momento decidió que nunca las dedicaría a algo menos puro o menos profundo que ella. Loaba el sentido amoroso que dio a su vida, y también a miles de símiles dentro de la poesía, que ahora vibraban a su alrededor, a donde ella fuera; como con las miles de melodías inventadas por el hombre, que se reducían a un ruido blanco, comparadas con esa voz.

Era ella, era ella. Aunque se fuera con Uno. Ella cobró vida en la mano de Dos, de todas formas posibles. Uno le tuvo lástima a Dos y le financió sus pinturas, con tal de que les cediera sus derechos. Dos quería que todos aprendieran a amarla, igual o un poquito menos que él. Supo que una enajenación como la que él experimentaba era una bendición para cualquier artista, una bendición que fue llorada por el resto de su vida, bajo el nombre de Uno.

—La vida es para los que se arriesgan. Los que no tienen miedo. Los que aprenden a no llorar, señores. Hoy les digo que no hay nadie más conformista que aquel que se dedica a sufrir y no a actuar. Las oportunidades están allá afuera. Soñar y llorar no cuesta nada, pero la ambición, señores, la ambición abre puertas, permite la compañía de bellas personas… me bendice con la expresión artística. —


No hubo una sola persona, ni siquiera ella, que no aplaudiera a Uno.