¡Mírenme bien! Soy idiota, soy un farsante, soy un
bromista. (…) ¡Soy como todos ustedes!
— Tristan
Tzara
¿Para quién canto yo, entonces?
Si los humildes
nunca me entienden,
si los hermanos
se cansan
de oír las palabras que oyeron
siempre,
si los que saben
no necesitan que les enseñe
—
Sui Generis
Este minucioso seguimiento de ambos ni
siquiera pretende ser explícito o seguir alguna especie de crítica. Sí es la
percepción actual, el camino que ha sufrido diez mil reparaciones, que ya no
sólo depende del artista; y mucho menos del que se hace llamar así.
Nadie, durante toda su acelerada
travesía por el mundo, se encargó de decirle a Dos que era especial. No del
tipo deficiente mental, tampoco del que bien podría poseer el don de la
telequinesis, dado su enorme coeficiente intelectual. Dos, en pleno 2017, era
de las poquísimas personas sobre la Tierra que no aparentaban más de lo que
eran. Sí, lamentaba sus defectos y sí, estaba en paz con sus virtudes. Pero no
había ni habría más.
Por su parte, Uno anhelaba dejar de
respirar en el momento en que todos lloraran y gritaran su nombre. Porque,
¿vale de algo esta cochina vida si a uno no le recuerdan una obscena cantidad
de fanáticos, un sequito sectario que pretende conocer al ídolo en boga? Grande
era su ambición, parece que había hurtado la de Dos. Por supuesto, como quien
es finito, ambos tuvieron un génesis. Dos lo tuvo cuando murió su madre y Uno
cuando reconoció la primera oportunidad para manipular a sus mayores.
A una edad muy corta, Dos reconoció
que nada era eterno, que la gente cuando ya no es gente se erosiona,
empequeñece y apesta. La última imagen, la que no se parece a la del corazón,
es la que lo marcó para decidir sobre sí mismo. E incluso antes de que ella
muriera, su padre nunca estaba, así que no fue tan difícil hacer surgir sus
propias reglas. Cuando se estiró lo suficiente, su padre sólo le deseo que no
fuera como él y para ello le aconsejaba no embarazar a una cualquiera, no
confiar en nadie y aprovecharse de cuantos pudiera. Dos nunca más buscó a su
padre.
Uno sabía que tenía súper poderes.
Cuando alzaba un dedo podía despedir a diez, tan sólo con decir que lo habían
mirado mal o que apestaban a alcohol. Cualquier atajo tenía su nombre escrito
con fuego, y si había algo que sabía hacer, era imitar y hablar de todo con
todos. Era el mito andante, la risa con patas; liviano de pecho y todo
sonrisas. Fue tan fácil para él como estirar la mano y bostezar. Más pronto de
lo que se cree aprendió a que si no se trataba de él no importaba.
Dos tampoco se deshacía en bondad,
había ocasiones en que quería devolver todo el odio y la desdicha que el mundo
le vomitaba en la cara. Sus hombros supieron formar una coraza, pues ya eran
tantas y tantas veces que le habían pisoteado: por no probar drogas, por ser
tan “así”, por no reírse con las cosas que se suponen eran graciosas, por ser
real en un mundo de falsos. Pese a todo, aprendió a deshacer el nudo de dolor
cuando apreciaba el amanecer, en medio del camino a su primer trabajo; cuando
regaba las pequeñas macetas de su balcón; cuando podía ver una sonrisa
auténtica, extraviada en la calle. Y supo que quería dibujar las pequeñas
cosas.
El hombre más astuto y carismático
plantado en el planeta, eso era Uno. Bastaba abrir la boca para comerse al
mundo. Sabía que ya deambulaban tantos y tantos aburridos ingenieros, doctores,
pilotos. Por supuesto, él podía ser todo eso y más, pero él no iba a dejar un
cubículo lleno de expedientes, o una decena de personas sanas, o un pedazo de
metal que estaba en el punto “A” y ahora lo estaba en el “B”. No. ¡Él iba a ser
el próximo Picasso! E iba a renovar el mundo de la pintura, que, en pleno 2017,
no valía una mierda.
Después, la mejor escuela que el
dinero podía pagar, en medio de las mil y un becas que la casi nula dignidad
podía perseguir. Así, más pronto de lo que se cree, Dos y Uno se encontraron.
¡¿A qué se referían con que sus obras
no decían nada?! Él prácticamente le pedía prestada la mano a Dios para
dibujar, era inaudito que no entendieran lo que trataba de expresar. El manchón
de allá, obviamente, representaba la fragilidad de la carne; mientras lo
amarillo que atraviesa en zigzag a lo verde, es la orina que todo ser humano
ansía derramar en el pasto, cuando de verdad le urge satisfacer esa necesidad.
Basaba todo en la propia experiencia, eso le habían aconsejado que hiciera para
que su arte hablara a los demás. Pero al parecer todos eran una plasta de
retardados anticuados.
En el momento en que la vio supo que
toda la pintura que había ocupado antes la desperdició, pues ella no estaba
retratada con ésta. Al escucharla reír, el trino de los pájaros se convirtió en
un pitido insulso; al ser observado con esos ojos, la mirada de su mismísima
madre fue olvidada. Las olas del mar descifraban trabajosamente la ondulación
de su cabello, al ras del viento. Entonces gozaba como nunca antes sus propias
lágrimas, desde ese momento decidió que nunca las dedicaría a algo menos puro o
menos profundo que ella. Loaba el sentido amoroso que dio a su vida, y también
a miles de símiles dentro de la poesía, que ahora vibraban a su alrededor, a
donde ella fuera; como con las miles de melodías inventadas por el hombre, que
se reducían a un ruido blanco, comparadas con esa voz.
Era ella, era ella. Aunque se fuera
con Uno. Ella cobró vida en la mano de Dos, de todas formas posibles. Uno le
tuvo lástima a Dos y le financió sus pinturas, con tal de que les cediera sus
derechos. Dos quería que todos aprendieran a amarla, igual o un poquito menos
que él. Supo que una enajenación como la que él experimentaba era una bendición
para cualquier artista, una bendición que fue llorada por el resto de su vida,
bajo el nombre de Uno.
—La
vida es para los que se arriesgan. Los que no tienen miedo. Los que aprenden a
no llorar, señores. Hoy les digo que no hay nadie más conformista que aquel que
se dedica a sufrir y no a actuar. Las oportunidades están allá afuera. Soñar y
llorar no cuesta nada, pero la ambición, señores, la ambición abre puertas,
permite la compañía de bellas personas… me bendice con la expresión artística.
—
No
hubo una sola persona, ni siquiera ella, que no aplaudiera a Uno.

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