—Ok, ok, ok… ¿me estás diciendo que
me cambiarías tus siete latas de atún y los pastelillos que iban a servir el
lunes… por Jennifer? —
Sabía
que perjudicaba mucho su postura favorita, pero la verdad era que sentía tan
delicioso estar medio recostado, con la espalda en el asiento del director.
Sólo esperaba que no se le cayera su helado, que ya era el segundo que
conseguía gracias al sudor de su propia frente (regaló su carpeta hecha a mano
y hasta un beso tuvo que intercambiar). Su negociador estaba discutiendo
arduamente con el encargado del sector cuatro, quien había acudido varias
veces, con mayor cantidad de abarrotes en cada ocasión, con el propósito de
“comprar” a una chica del sector uno. En verdad era una pena, pero el ambiente
escolar, pese a todo, no se había reducido a una suerte de trata de blancas,
además se contaba con ese detalle de que Jennifer no quería irse con el tipo.
—Y, y, y, y… ¡también este trapeador! —clamó el “foráneo”,
con un aire desesperado sobre su cuerpo.
El
negociador puso los ojos en blanco y volteó a ver al líder, Fidencio, quien
solo tuvo que negarse con un movimiento de cabeza para que los “guardias” se
llevaran al hombrecillo, el cual lanzaba gritos y amenazas a la chica sentada
en el escritorio. Traía el uniforme hecho jirones, no dejaba nada a la
imaginación, pero los demás ya se habían acostumbrado (por lo menos en ese
sector, tal vez en el cuatro todos se mantenían impecables). Jennifer bajó en
un saltito, sonrió al líder y volvió con su grupo de amigas, todas ocupadas en
el conteo matutino de los recursos, iban de grupo en grupo y anotaban en
libretitas el número de latas, prendas de ropa y demás artículos.
Los
materiales del escritorio habían sido arrojados, en un aparente desorden, por
todo el suelo. Casas de campaña se improvisaban en las orillas del recinto. El
sector principal dependía de menos de veinte personas, aunque en un principio
la agrupación consistía en sólo tres. Era increíble, diario venían personas,
rogando entrar a ese sector. En un estado de crisis, la gente muestra su
verdadera cara, es fácil presenciar la humillación personificada con tal de
conseguir ventaja.
— ¿Son
todos? —cuestionó el joven encargado echando un vistazo a un bloc de notas
sobre el semivacío escritorio.
—Sí,
era el último. A menos que venga más tarde, este sujeto tiene una fijación con
Jen… o le darán algo más gordo por ella, en otro lado. A este punto hay que
pensar mal de todos. —
Fidencio era el único que tenía su uniforme más o
menos intacto, sobre todo su calzado. Hace días se había quitado sus lentes y
los había colocado como decoración en su escritorio,
puesto que una lentilla se había roto justo al principio de la catástrofe.
Gracias a la más hábil estrategia que pudo elucubrar, no tenía que salir nunca
de la dirección, ese cuarto tenía la capacidad de un departamento de Nueva
York, incluía un frigobar y medio baño, con un bidet de dudosa procedencia.
Tanta paz había en su fortaleza que tenía tiempo hasta para recordar.
Empezó el lunes. El señor director había salido a un
viaje de negocios y su lacayo (el subdirector) cada mañana se ocupaba en el
cubículo de la maestra de derecho, por unas cuantas horas. Fidencio no era
consciente de nada de eso todavía. Para el chico el principio de la semana no representaba
la gran cosa, el lunes venía junto con la indicación de no esmerarse para nada
en su aspecto, el uniforme (reciclado de uno de sus hermanos) no estaba
planchado, el tedio brindaba una textura pastosa a su cara, pese a que sus
zapatos fueran nuevos. Por lo ajustados que estos se sentían, tenía el
presentimiento de que le apretarían aunque tuvieran un uso prolongado.
Siempre sacudía sus pies en su pupitre, aunque no
fuera a caminar, el tic estaba ahí. Su puesto, en el tercer mesón de la primera
columna, daba al único ventanal del salón de literatura. Fidencio ponía la
mitad de su atención a lo que leía la profesora y la otra mitad a lo que pasaba
en el portón de la institución. Antes de que empezara la clase, escuchó rumores
acerca de un levantamiento en el núcleo de Madrid; a su vez, las redes sociales
se congestionaron de mítines falsos en distintas áreas de la urbe, aunque nada
pasara de memes y un revuelo de
opiniones irrelevantes en Twitter.
Ver un brote apocalíptico con sus propios ojos fue revelador,
se sentía en medio de una pesadilla. No vio cuando mordieron al chico, pero sí
notó su intensa galopada hacia el portón. Al parecer se había retrasado y en el
camino le desfiguraron la cabeza de un mordisco. Se trepó a la estructura como
si fuera una liana y él un orangután (su complexión rolliza ayudaba a la
comparación). Comenzó a golpear su cabeza contra la malla, con mayor velocidad
y furia en cada ocasión.
Fidencio le reconoció, era un engreído más del
equipo de baloncesto (y banca, para acabar de acabar su imbecilidad). Estaba a
dos metros por encima del suelo, colgado, con una que otra raja en el cráneo,
en donde se exponía el cerebro, con esa consistencia de espagueti recién
preparado. Sus gritos (se desgarró la garganta en cuestión de segundos) fueron
difíciles de ignorar. El anciano vigilante, tembloroso y asutadizo, se erguía
con las manos extendidas debajo del simio descerebrado. Pobre, era la mitad de
esa anatomía, no había pensado bien su posición.
Nuestro chico no pudo ver bien lo que pasó después,
un compañero escandaloso anunció (voceó) el suceso. Acto seguido, todos
ignoraron la clase y se aglutinaron en la ventana, incluida la académica, quien
se abría paso entre la muchedumbre con sus sendas caderas, que por poco vuelcan
el pupitre de Fidencio.
— ¡Se
cayó encima! —
— ¡No
quiero ver eso! —sin embargo, “pelaba” los ojos como si nunca hubieran existido
párpados sobre el rostro de esa voz.
—
¡¿Esto es una película?! ¡Sus tripas parecen sandía! —
Una
chica no tuvo el estómago suficiente para ver el suceso y echó su desayuno
cerca del pizarrón.
El
único que no gritaba de asombro se levantó y corrió, pese a la presión de sus
pies, hacia la dirección. Le pidió a la secretaria, ante la ausencia de otra
autoridad, que llamaran a la policía, a la ambulancia, a los bomberos, o ya tan
siquiera a su mamá. La gordinflona alzó el teléfono a velocidad tortuga y, tras
tecleos con su uña falsa del índice, negó con su expresión monótona y explicó
que no había línea, no la había desde hace un par de horas (su mórbida
tranquilidad era nivel zen).
El
jovencito salió y activó la alarma contra incendios. Todos salieron en
desorden, pululaban de todas las puertas como abejas frenéticas. Se dirigían al
auditorio, el lugar más espacioso y alejado de la entrada, especializado para
grandes emergencias… y las finales del torneo intercolegial de baloncesto y
gimnasia rítmica.
Apenas
un solo chico se fijó en el origen del chillido y se aproximó hasta la puerta
de dirección. La secretaria reprimía a Fidencio, le hizo un par de preguntas
inservibles (¿Cómo estás? y ¿para qué quieres a tu mamá?), pero al escuchar los
aullidos en todo el lugar, sin preguntarse por un segundo el porqué, salió como
toro del corral y se dirigió al cuartel. Incluso el pérfido subdirector y la de
derecho, se acomodaron sus ropas mientras se confundían con el gentío que
aceleraba el paso.
Nuestro
astuto adolescente no esperó a que el recién llegado lo abordara y empezó.
—
¿Cambió algo en la entrada? ¿Está expuesta? —
—
¿Qué? —
—
¿Viste lo que pasó afuera? —se dirigió a la oficina del “jefe” y corrió las
persianas, con el otro tras él.
—
A-Ah, sí, sí, sí… yo preferiría no hablar de eso — una cantidad concentrada de
homínidos se desplegó sobre la malla, justo cuando Fidencio clavó la mirada a
ésta, consiguieron derrumbarla. Los edificios estaban expuestos. ¿Cuánto
durarían adentro?
— ¡No
tenemos tiempo para la timidez! —Se giró, con la espalda para el apocalipsis
que se desataba a metros de él, y sacudió los hombros del muchacho desconocido —
Necesitamos un centro de operaciones, murallas, recursos y manos… ¿tienes
compañeros confiables? —
Acertó,
el otro chico entró en sintonía en cuestión de segundos, la mirada ajena cobró
un atisbo de reluciente agudeza. Haló del brazo a Fidencio y se dirigieron a la
cafetería principal.
—
Latas, colchonetas del gimnasio, muebles resistentes de dirección, la pc del
director — enlistó el compañero, su actual negociador — Dios, me alegra que no
esté mi padre ahora, tendría que agradecer sus estúpidos simulacros semanales. —
Fidencio agradeció que no llegara en el momento que le gritaba a la secretaria,
para contactar a su mami.
— Es
nuestro maldito día de suerte — anunció el negociador justo cuando el líder
reventaba su burbuja de pensamiento. El chico que tanto insistía con Jennifer
asomó la enjutez que él llamaba cuerpo para solicitar la entrada a la
dirección… de nuevo. O ése era el precedente, porque ahora sorprendió a todo el
sector al entrar corriendo, directo hacia la chica que, al retroceder de
imprevisto, tropezó con sus pies. Las chicas hicieron una especie de muralla a
su alrededor, mientras los “guardias” y algunos otros chicos sostenían al
energúmeno. A gritos pidió que lo soltaran, no fue así hasta que el líder dio
la orden.
— Oye,
oye, oye, oye… tú, Florencio, o como sea —señaló a Fidencio, buscó su inhalador
y se proporcionó un respiro artificial para continuar — lo tengo. Un celular. —
—
¿Estás en drogas o ya te empezaste a golpear la cabeza? —contestó por él su
fiel compañero, quien ya llevaba de un “ala” a aquel andrajo de hombre.
—
Debes escucharme, es el único que tiene señal… y batería, y, y, y saldo —alargó
la última característica del dispositivo, hasta ahora imaginario. Fidencio hizo
un ademán para que lo dejaran de nuevo frente a su escritorio. Se irguió y miró
de reojo a Jennifer.
— Me
estás pidiendo a una persona a cambio de una llamada. —
Las
chicas hicieron un alboroto antes de que siguiera la plática. La “mercancía” se
puso al frente, asintió con la cabeza (como para darse fuerza a ella misma) y
anunció:
—
Quiero hacer el intercambio. —
Todas
las personas que estaban ahí comenzaron a hablar al mismo tiempo, el desacuerdo
era en general. No obstante, ni el jaloneo, ni las malas miradas, ni los ojos
rencorosos del extranjero cambiaron algo en la decisión de la mujer. Se acercó
a su líder y se encogió de hombros.
—
Mira, ya estoy cansada del acoso en el que este freak nos tiene atrapados. Y si entrecierro los ojos no se ve tan
ñango. —
—
Necesitamos unas llamadas por acá, asegurarnos de ciertas cosas —contribuyó el
negociador. Nadie vio que el extraño se frotaba sus manitas y se mordía los
labios para no reír.
— La
promoción viene con todo lo que prometí antes. —
Se fueron en fila desde la dirección. Jennifer
hasta adelante, el chico del otro sector atrás de ella y Fidencio hasta atrás.
Se había prometido un intercambio pacífico, sin resorteras o redadas de por
medio. Como si ello no fuera suficiente precaución, fueron interpuestas un par
de normas: todos los productos tendrían que estar en buenas condiciones,
después de eso habría comunicación entre los sectores; y, sobre todo, si ella
no estaba a gusto, a partir de un plazo de tres días, podría irse de nuevo a su
sector originario. Todas las cosas llegaron justo a la hora en que partieron.
Antes
de salir Jennifer se despidió de su grupo, anunció lo bien que había pasado
esos días de crisis y poco le faltaba para mandar besos y hacer el
largo-largo-corto-corto de las Miss Universo. Entre murmullos le prometió a
Fidencio regresar a su lado y ocultarse por un tiempo, con tal de estar de
vuelta. Aunque fuera contra las reglas, Fidencio le tranquilizó aquella
promesa.
Pasó
días recluido en aquel conjunto de oficinas, pero los pasillos lucían como si
hubieran sido semanas. Muros cubiertos de todo tipo de sustancias, el piso
resbaloso y repleto de huellas y materiales escolares. Se anunció la gran
barata en mochilas percudidas y deformes, él no había asistido (se preguntó por
la propia, el único error que había cometido fue no llevarla consigo al salir
de su salón). Algunas puertas estaban reforzadas con pequeños muebles, pero a
través de las ventanas (algunas rotas) se lograba atestiguar la calidad de vida
de los demás sectores. Estudiantes que parecían vagabundos, adolescentes
regulares que ahora se mantenían en estado catatónico, en un ovillo de
desgracia y desamparo. Antes de llegar, se topó con una puerta en donde había
un semicírculo que estaba comiendo, dos se arrebataban la última rata
chamuscada, mientras una chica de la esquina mascaba como chicle una colita
anillada y rosa, que se asomaba sobre sus delicados labios. Jennifer volteó a
ver con horror al compañero de su sector, como para comprobar que lo que veía
era real o se lo estaba imaginando.
Fidencio
tragó saliva y, en medio de un escalofrío que le atravesaba la espalda, agachó
la mirada. Todo pasó muy rápido. Cinco jóvenes (casi tan raídos como el
foráneo) rodearon a Jennifer y la cargaron. El asmático se giró hacia Fidencio
y le apuntó con un arma, un arma real, la única cosa que brillaba, en medio de
tanto oxido y mugre. El líder temblaba pero no dejaba de hablar, aunque su
lengua se tropezara en medio del verbo, vomitó tantas palabras que no fueron
escuchadas, que ni él supo si eran congruentes o sólo eran súplicas
irrelevantes.
— No
quieras hacerte el héroe —fue lo único que contestó el chico. Detrás, un tipo
más fornido que todos, tomó a Fidencio del brazo y torció éste para que quedara
en su espalda, a la altura de sus omóplatos — ¿Vamos de paseo? —lo invitó,
aunque ya estaban caminando de nuevo.
Aunque
chilló y se retorció, Jennifer fue llevada por esos diez brazos enclenques.
Rogó a gritos que se detuvieran, cada que podía le dirigía lastimosas miradas
de piedad a su único aliado, quien para ese momento ya se había vaciado de
tantas palabras que malgastó en aquellos monstruos. Exigía que se le diera una
razón, o una explicación de lo que les ocurriría. No fue hasta llegar a la
salida del auditorio cuando se iluminó a los rehenes. El chico del arma pegó la
boca de fuego en la sien del líder.
—
¿Sabían que las ratas no se infectan con las mordidas de esas cosas? Bueno,
probablemente no, ustedes comen diario lo mejor de lo mejor. Uno de los
nuestros desapareció ayer. Se lo comieron. Han pasado días… —sus ojos se movían
de la cara aterrorizada de Jennifer, a la frente sudorosa de Fidencio. Suspiró
y bajó el arma — No hace falta explicarlo, éste es más listo que todos nosotros
juntos. ¿Por qué nunca te burlaste de él, Jenny? O tal vez lo hiciste, pero
ahora le chupas las bolas, porque te conviene, jodida zorra —alzó su pistola e
hizo que la chica se atragantara con el cañón. Sus chillidos estaban mermados,
pero los gruesos lagrimeos se deslizaban hasta su boca — La vas a ensuciar,
rata de mierda — esbozó una sonrisa pequeña y extrajo el arma. Asintió con la
cabeza.
Deslizaron
el contenedor de basura que cubría el portón, lo necesario para abrirlo un poco
y cerrarlo de inmediato. Balancearon a Jennifer como si la fueran a lanzar a
una piscina… Fidencio comenzó a llorar y a suplicar que se detuvieran, que él
la podría sustituir. El fortachón que le sostenía el brazo terminó por
rompérselo, al mismo tiempo que la arrojaban, forjaban la salida de nuevo y
escuchaban los aullidos ahogados de Jennifer, mientras su carne era disuelta en
el rápido organismo de las criaturas poseídas que aguardaban tras esa muralla
de acero. No era la primera vez que eran alimentados por estudiantes voladores.
Fidencio
apareció a la mañana siguiente en la puerta de su sector. Sostenía su brazo
escayolado. Permanecía en estado de shock, aunque su cara pareciera taciturna.
Tan pronto llegó su compañero le actualizó con el estado del sector… o el juego
de niños que llevaban en ese lugar.
— El
celular no tiene recepción en este lugar. En cuanto a todo lo demás, está
delicioso. —
“No
más que Jennifer”, pensó Fidencio.