Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

20220510

Las polémicas de South Park

Una sátira animada es casi imposible

Buscar “South Park” en Google es captar la primera interpretación errónea de esta serie animada, creada por Trey Parker y Matt Stone: “su objetivo parece ser el ofender a la mayoría de personas posibles”. Contra toda creencia popular, aunque la serie sea animada no es adecuada para niños. Abordar su propósito reaccionario parece que depende más de sus espectadores, ¿no es así?

Si se tratara de buscar el descontento del espectador, ¿no habría tenido una vida corta? Algo así como cinco temporadas, máximo. No obstante, la obra ambientada en un pequeño pueblo (real) en Colorado (USA) cuenta con 317 episodios, desde su creación, en 1997.

Así es, cuenta con 25 temporadas, tres películas (1999, 2021) y dos especiales desarrollados durante la pandemia del COVID-19. Por antigüedad, es una de las pocas series que puede estar a la par con Los Simpsons y Padre de Familia.

De hecho, podría decirse que esta triada del mundo de la animación abrió el panorama para que este formato se abriera a un público adulto y gracias a ellos nacieran muchas más animaciones de este corte.

Se sabe que la familia amarilla ha decaído en calidad con el paso de los años, mientras que el trabajo de Seth MacFarlane resulta un tanto más superfluo que sus contrapartes.

El carácter de Parker y Stone


·         South Park se ha mantenido a flote desde hace 25 años, gracias a que sus creadores jamás lo soltaron.

·         Su primer acercamiento a la serie lo hicieron con un corto en stop motion para la universidad.  

·         En cada capítulo han estado detrás de la historia, la música e incluso las mismas voces.

·         Tienen tal control de su obra que incluso se dispusieron a pelear con la MPAA cuando deseaban transmitir un tráiler clasificación PG que no tenía relación con su película. Matt Stone fue capaz de robarse los originales del metraje para mostrar su total desacuerdo.

El mundo vs South Park

Si acaso su esencia ha madurado y, por supuesto, se ha ganado el descontento de cualquier grupo o asociación posible. Ya sean grupos religiosos, organizaciones sociales, celebridades y hasta políticos.

Su último furor se desató entre el gobierno chino y la censura total a la serie en este país, después de recalcar el parecido del presidente asiático con el personaje Winnie Pooh, un comentario que se había hecho popular en redes sociales.

¿Por qué parece que South Park desea ofender a todo el mundo? ¿Cómo es que se distingue de otras series de comedia y sátira? No, no totalmente por lo menos.

La frescura de la inmediatez

Su primer aspecto está en el tiempo. En sus primeras temporadas se dedicaron a encontrar una voz, a experimentar con las limitaciones que existían en el formato con anterioridad en el formato y en el género.

No obstante, con el desarrollo de su estilo llegó el afán de brindarle un sentido de actualidad a sus temas. Así, cada capítulo se desarrolla en seis días, un ritmo alucinante a principios de siglo, cuando la tecnología para animar no era tan sofisticada y la trama era proclive a sufrir cambios.

En una ocasión se retrasó todo su trabajo. Creyeron que Hillary Clinton ganaría las elecciones presidenciales en contra de Donald Trump. Además de que habían hecho una temporada entera alrededor del tema, Parker y Stone estaban bastante seguros de que la demócrata triunfaría.

De igual manera, su ritmo es vertiginoso y sus temas se sienten como estar hablando en un mismo idioma respecto a lo que está pasando en el mundo.

Comprender a través del choque ideológico



Parker y Stone se sentían molestos de ser percibidos como los que escribían chistes escatológicos y ofender padres de familia que veían a sus “niños groseros” en las pantallas de sus hijos. Si bien admiten que fue gracioso en un principio, después comprendieron que querían ser algo más. Ya tenían el medio y su deber era mantener una sustancia interesante.

South Park no trata de buscar un objetivo al azar para atacar sin sentido. Se saben sin preferencias ni inclinaciones ideológicas, porque cada extremo les parece absurdo y digno de resaltar en un ambiente cómico.

La sociedad sufre un periodo cognitivo extraño. Todo comienza a partir de la enajenación que se puede sentir por el otro. South Park habla de que incluso los extremos tienen aspectos absurdos en común.

A su vez, no existe un producto más humano como el humor, a través de él podemos identificarnos y rescatar lo humano que antes no veíamos en el otro.

¿Qué opinas de South Park? ¿Te gusta otra serie de sátira? ¡No dudes en compartir tu opinión!



20171113

Mamá a través del tiempo

–––––
Creo que mi mami me quería, pero cuando mi hermanita se fue comenzó a dudar de su amor. Es raro porque yo nunca pude verla, a mi hermanita. Iba a ser muy chiquita, más que yo. Mi mami, como es más lista que yo, ella sí pudo verla, sobre todo cuando engordó. No le digan que se los dije, porque me quita mis chocolates. De todos modos, creo que ya sabía que estaba gorda, creo que hizo la dieta que me recomendó su doctor y a mi mami sí le funcionó. Papi dice que soy muy pequeño, y no debería tener una dieta. Me dan risa las dietas, porque puedo reírme de ellas cuando ni mami ni mis amigos están. Todos se ríen de mi pancita, pero yo puedo reírme solo, me siento mejor y lleno, muy llenito. No quiero que mi papi me vea hacer esto, no quiero que llore también por mí.

Éramos cuatro y de repente fuimos tres, mi mami siempre quiso que fuéramos más, pero su interior estaba pudriéndose, como el caño, como un espacio peligroso en el que mi papi no quería acercarse ni un poquito, ni con un palo. Yo lo entendía a él. A lo mejor era por eso, porque mi mami no era nadie, ella quería que salieran más de esa nada. Yo no la entendía a ella, hasta ahora, ahora que puedo hablar de esto en voz alta es cuando sé las cosas que sé. No es como cuando la maestra nos pide aprendernos la tabla del ocho, una de las más difíciles. Es algo que sabes hasta que sabes que lo sabes, ¿sabes?

Entonces supe que la vida era difícil, cuando yo veía a las demás mamás en la salida de la escuela. Sus brazos abiertos nunca eran para mí, eran para mis compañeros, esas personas que me hacían sentir de todo, menos que pertenecía a ellos. Sus mamás eran buenas personas, podían sentir amor por niños tan malos. Tal vez si mi hermana estuviera ahí podría abrazarla, tal vez si estuviera ahí, mi mamá nos hubiera abrazado a los dos. Tenía que irme caminando, aunque después estaba el premio, era la tienda al lado de mi casa, era el refri y lo que tuviera la alacena.

Mi papi había hecho algo, por eso mi abuelita ya no nos visitaba, ni mi primo y mucho menos mi tía, la hermana de mi mamá. Creo que ella se sentía sola, como yo, por no tener a su hermana cerca. Por eso sabía que había hecho algo mi papi, porque escuchaba a mamá decirlo todo el tiempo. Nunca me gustó cuando me hablaba de mi papi, yo tenía un hoyo incómodo que en ese momento no podía llenar, porque mamá me iba a meter el dedo hasta la garganta, hasta que vomitara todo lo que rellenaba en el hoyo.

¿Mamá sabía realmente quién era mi papi? No parecía ser el “idiota” que describía. Trataba tan mal a ese “estúpido” del que hablaba que me dolía mucho cuando me decía que me parecía mucho a él, más conforme iba creciendo. Fingía una cara de palo en cuanto ella abría la boca. La escuela iba mal y ella no podía callarse respecto a eso, entonces yo abría mi boca cuando ella no estaba y de par en par me metía una hogaza, una rebanada de pastel de chocolate, galletas, paletas, flanes. De repente mi boca era su boca y en su boca sólo cabía el sabor a confite. No había insultos, menosprecios o exigencias. Ella era dulce en mi mente y en su ausencia.

Mi papi no sabe qué hacer con ella. A veces tiene que alzar la voz como ella para que le entienda. Viven juntos todavía y no caben aunque la casa sea cada vez más grande. Los muebles de mi papi no están ya, cada vez desaparecen más y más. ¿Es mi culpa? Ellos no caben y yo estoy cada vez más “ancho, gordo, obeso, grasoso”… ahora mismo no recuerdo qué más me dice ella. Ah sí, “tonto”. “Lento”. “Flojo”. “Bestia”. “Imbécil”. “Retardado”. “Inútil”. “Bulto”.

La última vez que vi a madre había golpeado a mi papi, directo en la cara, en esa cara tan parecida a la mía y tan repudiada por madre, desde hacía tantos años. Los insultos no se le acababan, madre siempre había sido muy “ocurrente”, como mi papi decía de ella. Tal vez por eso, porque madre era más lista y ocurrente podía maltratarnos y corrernos de su casa. ¿Había sido nuestra, de todos modos? Ni nuestra casa, ni nuestra madre, ni nuestra esposa. Nada, como nada era mi hermana; ficticia, también.

La mano áspera de mi papi, mi ropa y nada más. Yo me iba a acostumbrar a salir corriendo del peligro, era la especialidad de los hombres, justo como decía madre.
¿Enfrentarlo?, jamás.


20170905

Ya saben qué es

1995 no auguraba buenas noticias, primero el asesinato de Selena Quintanilla, después el accidente de la Fuerza Aérea Mexicana en el desfile del 16 de septiembre. Y al final yo, que desde el principio no quise poner de mi parte, ni siquiera para mi resurgimiento. Tras una semana de espera, cesárea fui y cesárea siempre seré.

A lo largo de este… texto, alargaré mi ceremonia entre certezas, lo que nunca pude decir, y reflexiones, lo que luché toda mi vida por expresar, aunque fuese de forma cobarde, ahí, detrás del alfabeto occidental. Así que no importan las flores que quieran echarme (metafóricas o reales), el núcleo, como yo, está aquí y no. De todos modos no tomé con seriedad muchas partes de mi vida, ¿Por qué habría de hacerlo con algo que ni siquiera estoy segura si voy a escuchar?

Toda la vida tuve miedo. Mis iniciales no pasaban de una extraña casualidad, los múltiplos de cinco en mi fecha de nacimiento, y mi hermana. Tuve miedo de no ser más allá de una serie de anécdotas premeditadas por mis padres. La importancia de los nombres, no olviden eso de mí, la primera apropiación del ser y el desacuerdo que nunca me dejaron manifestar. 

Desde pequeño me taladraron la cabeza con el temor a una deidad castigadora, alguien que lloraba por mis pecados y por la miseria de mis deseos. La segunda parte de mi vida me sentí engañado, no había verdad permanente, la nada era igual al caos y a la depresión, el desafío a la gran deidad que de todos modos me odiaría, si yo igual había nacido confundido y laxo. Ahora, además de pasar por todas las etapas satisfactorias por las que pasa el hombre, incluida la muerte, se sostiene el mismo vacío.

Pero, ¿y qué si fui escéptico? ¿Y qué si no estaba seguro ni de mi propia existencia? No me arrepentiré de haber vivido con errores y malentendidos, porque es la mejor forma de vivir, la única. Después de todo, fuera de estos renglones chuecos de desesperación, nadie planea su último respiro, choca con el ser que desea la eterna interacción con su único amigo, el universo. 

Deseo que mi cáscara, compuesta por piel resquebrajada y pelos desgastados, provoque el menor daño posible, como nunca pudo hacerlo cuando se descomponía poco a poco, bajo el mando de mi respiración errática. No obstante, nadie se quiere morir y yo no soy (sigo siendo) la excepción. Siempre había algo: un pendiente, un beso sin dar, un sueño sin resarcir. Estoy seguro que no sólo con la muerte uno experimenta el fulgor de las deudas. Pero éste es mi “hasta aquí”. No sé ni cómo seguir, no estoy seguro que lloren por nada de lo que dije, nada de lo que escribí tuvo esa verdadera intención. Si, a estas alturas de la vida, estas palabras todavía no han conseguido nada, hace sentido mi ausencia en este mundo.

Al final, sin importar qué, poner un punto final en mi firmamento me brinda paz. Espero los suyos (los de todos) con la paciencia que nunca tuve, donde quiera que nos encontremos diremos siempre la verdad, y nos amaremos por lo que en verdad fuimos.

20170831

Sibaritas a la plancha


—Ok, ok, ok… ¿me estás diciendo que me cambiarías tus siete latas de atún y los pastelillos que iban a servir el lunes… por Jennifer? —

Sabía que perjudicaba mucho su postura favorita, pero la verdad era que sentía tan delicioso estar medio recostado, con la espalda en el asiento del director. Sólo esperaba que no se le cayera su helado, que ya era el segundo que conseguía gracias al sudor de su propia frente (regaló su carpeta hecha a mano y hasta un beso tuvo que intercambiar). Su negociador estaba discutiendo arduamente con el encargado del sector cuatro, quien había acudido varias veces, con mayor cantidad de abarrotes en cada ocasión, con el propósito de “comprar” a una chica del sector uno. En verdad era una pena, pero el ambiente escolar, pese a todo, no se había reducido a una suerte de trata de blancas, además se contaba con ese detalle de que Jennifer no quería irse con el tipo.

            —Y, y, y, y… ¡también este trapeador! —clamó el “foráneo”, con un aire desesperado sobre su cuerpo.

            El negociador puso los ojos en blanco y volteó a ver al líder, Fidencio, quien solo tuvo que negarse con un movimiento de cabeza para que los “guardias” se llevaran al hombrecillo, el cual lanzaba gritos y amenazas a la chica sentada en el escritorio. Traía el uniforme hecho jirones, no dejaba nada a la imaginación, pero los demás ya se habían acostumbrado (por lo menos en ese sector, tal vez en el cuatro todos se mantenían impecables). Jennifer bajó en un saltito, sonrió al líder y volvió con su grupo de amigas, todas ocupadas en el conteo matutino de los recursos, iban de grupo en grupo y anotaban en libretitas el número de latas, prendas de ropa y demás artículos.

            Los materiales del escritorio habían sido arrojados, en un aparente desorden, por todo el suelo. Casas de campaña se improvisaban en las orillas del recinto. El sector principal dependía de menos de veinte personas, aunque en un principio la agrupación consistía en sólo tres. Era increíble, diario venían personas, rogando entrar a ese sector. En un estado de crisis, la gente muestra su verdadera cara, es fácil presenciar la humillación personificada con tal de conseguir ventaja.

— ¿Son todos? —cuestionó el joven encargado echando un vistazo a un bloc de notas sobre el semivacío escritorio.

—Sí, era el último. A menos que venga más tarde, este sujeto tiene una fijación con Jen… o le darán algo más gordo por ella, en otro lado. A este punto hay que pensar mal de todos. —

Fidencio era el único que tenía su uniforme más o menos intacto, sobre todo su calzado. Hace días se había quitado sus lentes y los había colocado como decoración en su escritorio, puesto que una lentilla se había roto justo al principio de la catástrofe. Gracias a la más hábil estrategia que pudo elucubrar, no tenía que salir nunca de la dirección, ese cuarto tenía la capacidad de un departamento de Nueva York, incluía un frigobar y medio baño, con un bidet de dudosa procedencia. Tanta paz había en su fortaleza que tenía tiempo hasta para recordar.

Empezó el lunes. El señor director había salido a un viaje de negocios y su lacayo (el subdirector) cada mañana se ocupaba en el cubículo de la maestra de derecho, por unas cuantas horas. Fidencio no era consciente de nada de eso todavía. Para el chico el principio de la semana no representaba la gran cosa, el lunes venía junto con la indicación de no esmerarse para nada en su aspecto, el uniforme (reciclado de uno de sus hermanos) no estaba planchado, el tedio brindaba una textura pastosa a su cara, pese a que sus zapatos fueran nuevos. Por lo ajustados que estos se sentían, tenía el presentimiento de que le apretarían aunque tuvieran un uso prolongado.

Siempre sacudía sus pies en su pupitre, aunque no fuera a caminar, el tic estaba ahí. Su puesto, en el tercer mesón de la primera columna, daba al único ventanal del salón de literatura. Fidencio ponía la mitad de su atención a lo que leía la profesora y la otra mitad a lo que pasaba en el portón de la institución. Antes de que empezara la clase, escuchó rumores acerca de un levantamiento en el núcleo de Madrid; a su vez, las redes sociales se congestionaron de mítines falsos en distintas áreas de la urbe, aunque nada pasara de memes y un revuelo de opiniones irrelevantes en Twitter.

Ver un brote apocalíptico con sus propios ojos fue revelador, se sentía en medio de una pesadilla. No vio cuando mordieron al chico, pero sí notó su intensa galopada hacia el portón. Al parecer se había retrasado y en el camino le desfiguraron la cabeza de un mordisco. Se trepó a la estructura como si fuera una liana y él un orangután (su complexión rolliza ayudaba a la comparación). Comenzó a golpear su cabeza contra la malla, con mayor velocidad y furia en cada ocasión.

Fidencio le reconoció, era un engreído más del equipo de baloncesto (y banca, para acabar de acabar su imbecilidad). Estaba a dos metros por encima del suelo, colgado, con una que otra raja en el cráneo, en donde se exponía el cerebro, con esa consistencia de espagueti recién preparado. Sus gritos (se desgarró la garganta en cuestión de segundos) fueron difíciles de ignorar. El anciano vigilante, tembloroso y asutadizo, se erguía con las manos extendidas debajo del simio descerebrado. Pobre, era la mitad de esa anatomía, no había pensado bien su posición.

Nuestro chico no pudo ver bien lo que pasó después, un compañero escandaloso anunció (voceó) el suceso. Acto seguido, todos ignoraron la clase y se aglutinaron en la ventana, incluida la académica, quien se abría paso entre la muchedumbre con sus sendas caderas, que por poco vuelcan el pupitre de Fidencio.

— ¡Se cayó encima! —

— ¡No quiero ver eso! —sin embargo, “pelaba” los ojos como si nunca hubieran existido párpados sobre el rostro de esa voz.

— ¡¿Esto es una película?! ¡Sus tripas parecen sandía! —

Una chica no tuvo el estómago suficiente para ver el suceso y echó su desayuno cerca del pizarrón.

El único que no gritaba de asombro se levantó y corrió, pese a la presión de sus pies, hacia la dirección. Le pidió a la secretaria, ante la ausencia de otra autoridad, que llamaran a la policía, a la ambulancia, a los bomberos, o ya tan siquiera a su mamá. La gordinflona alzó el teléfono a velocidad tortuga y, tras tecleos con su uña falsa del índice, negó con su expresión monótona y explicó que no había línea, no la había desde hace un par de horas (su mórbida tranquilidad era nivel zen).

El jovencito salió y activó la alarma contra incendios. Todos salieron en desorden, pululaban de todas las puertas como abejas frenéticas. Se dirigían al auditorio, el lugar más espacioso y alejado de la entrada, especializado para grandes emergencias… y las finales del torneo intercolegial de baloncesto y gimnasia rítmica.

Apenas un solo chico se fijó en el origen del chillido y se aproximó hasta la puerta de dirección. La secretaria reprimía a Fidencio, le hizo un par de preguntas inservibles (¿Cómo estás? y ¿para qué quieres a tu mamá?), pero al escuchar los aullidos en todo el lugar, sin preguntarse por un segundo el porqué, salió como toro del corral y se dirigió al cuartel. Incluso el pérfido subdirector y la de derecho, se acomodaron sus ropas mientras se confundían con el gentío que aceleraba el paso.

Nuestro astuto adolescente no esperó a que el recién llegado lo abordara y empezó.

— ¿Cambió algo en la entrada? ¿Está expuesta? —

— ¿Qué? —

— ¿Viste lo que pasó afuera? —se dirigió a la oficina del “jefe” y corrió las persianas, con el otro tras él.

— A-Ah, sí, sí, sí… yo preferiría no hablar de eso — una cantidad concentrada de homínidos se desplegó sobre la malla, justo cuando Fidencio clavó la mirada a ésta, consiguieron derrumbarla. Los edificios estaban expuestos. ¿Cuánto durarían adentro?

— ¡No tenemos tiempo para la timidez! —Se giró, con la espalda para el apocalipsis que se desataba a metros de él, y sacudió los hombros del muchacho desconocido — Necesitamos un centro de operaciones, murallas, recursos y manos… ¿tienes compañeros confiables? —

Acertó, el otro chico entró en sintonía en cuestión de segundos, la mirada ajena cobró un atisbo de reluciente agudeza. Haló del brazo a Fidencio y se dirigieron a la cafetería principal.

— Latas, colchonetas del gimnasio, muebles resistentes de dirección, la pc del director — enlistó el compañero, su actual negociador — Dios, me alegra que no esté mi padre ahora, tendría que agradecer sus estúpidos simulacros semanales. — Fidencio agradeció que no llegara en el momento que le gritaba a la secretaria, para contactar a su mami.

— Es nuestro maldito día de suerte — anunció el negociador justo cuando el líder reventaba su burbuja de pensamiento. El chico que tanto insistía con Jennifer asomó la enjutez que él llamaba cuerpo para solicitar la entrada a la dirección… de nuevo. O ése era el precedente, porque ahora sorprendió a todo el sector al entrar corriendo, directo hacia la chica que, al retroceder de imprevisto, tropezó con sus pies. Las chicas hicieron una especie de muralla a su alrededor, mientras los “guardias” y algunos otros chicos sostenían al energúmeno. A gritos pidió que lo soltaran, no fue así hasta que el líder dio la orden.

— Oye, oye, oye, oye… tú, Florencio, o como sea —señaló a Fidencio, buscó su inhalador y se proporcionó un respiro artificial para continuar — lo tengo. Un celular. —

— ¿Estás en drogas o ya te empezaste a golpear la cabeza? —contestó por él su fiel compañero, quien ya llevaba de un “ala” a aquel andrajo de hombre.

— Debes escucharme, es el único que tiene señal… y batería, y, y, y saldo —alargó la última característica del dispositivo, hasta ahora imaginario. Fidencio hizo un ademán para que lo dejaran de nuevo frente a su escritorio. Se irguió y miró de reojo a Jennifer.

— Me estás pidiendo a una persona a cambio de una llamada. —

Las chicas hicieron un alboroto antes de que siguiera la plática. La “mercancía” se puso al frente, asintió con la cabeza (como para darse fuerza a ella misma) y anunció:

— Quiero hacer el intercambio. —

Todas las personas que estaban ahí comenzaron a hablar al mismo tiempo, el desacuerdo era en general. No obstante, ni el jaloneo, ni las malas miradas, ni los ojos rencorosos del extranjero cambiaron algo en la decisión de la mujer. Se acercó a su líder y se encogió de hombros.

— Mira, ya estoy cansada del acoso en el que este freak nos tiene atrapados. Y si entrecierro los ojos no se ve tan ñango. —

— Necesitamos unas llamadas por acá, asegurarnos de ciertas cosas —contribuyó el negociador. Nadie vio que el extraño se frotaba sus manitas y se mordía los labios para no reír.

— La promoción viene con todo lo que prometí antes. —

Se fueron en fila desde la dirección. Jennifer hasta adelante, el chico del otro sector atrás de ella y Fidencio hasta atrás. Se había prometido un intercambio pacífico, sin resorteras o redadas de por medio. Como si ello no fuera suficiente precaución, fueron interpuestas un par de normas: todos los productos tendrían que estar en buenas condiciones, después de eso habría comunicación entre los sectores; y, sobre todo, si ella no estaba a gusto, a partir de un plazo de tres días, podría irse de nuevo a su sector originario. Todas las cosas llegaron justo a la hora en que partieron.

Antes de salir Jennifer se despidió de su grupo, anunció lo bien que había pasado esos días de crisis y poco le faltaba para mandar besos y hacer el largo-largo-corto-corto de las Miss Universo. Entre murmullos le prometió a Fidencio regresar a su lado y ocultarse por un tiempo, con tal de estar de vuelta. Aunque fuera contra las reglas, Fidencio le tranquilizó aquella promesa.

Pasó días recluido en aquel conjunto de oficinas, pero los pasillos lucían como si hubieran sido semanas. Muros cubiertos de todo tipo de sustancias, el piso resbaloso y repleto de huellas y materiales escolares. Se anunció la gran barata en mochilas percudidas y deformes, él no había asistido (se preguntó por la propia, el único error que había cometido fue no llevarla consigo al salir de su salón). Algunas puertas estaban reforzadas con pequeños muebles, pero a través de las ventanas (algunas rotas) se lograba atestiguar la calidad de vida de los demás sectores. Estudiantes que parecían vagabundos, adolescentes regulares que ahora se mantenían en estado catatónico, en un ovillo de desgracia y desamparo. Antes de llegar, se topó con una puerta en donde había un semicírculo que estaba comiendo, dos se arrebataban la última rata chamuscada, mientras una chica de la esquina mascaba como chicle una colita anillada y rosa, que se asomaba sobre sus delicados labios. Jennifer volteó a ver con horror al compañero de su sector, como para comprobar que lo que veía era real o se lo estaba imaginando.

Fidencio tragó saliva y, en medio de un escalofrío que le atravesaba la espalda, agachó la mirada. Todo pasó muy rápido. Cinco jóvenes (casi tan raídos como el foráneo) rodearon a Jennifer y la cargaron. El asmático se giró hacia Fidencio y le apuntó con un arma, un arma real, la única cosa que brillaba, en medio de tanto oxido y mugre. El líder temblaba pero no dejaba de hablar, aunque su lengua se tropezara en medio del verbo, vomitó tantas palabras que no fueron escuchadas, que ni él supo si eran congruentes o sólo eran súplicas irrelevantes.

— No quieras hacerte el héroe —fue lo único que contestó el chico. Detrás, un tipo más fornido que todos, tomó a Fidencio del brazo y torció éste para que quedara en su espalda, a la altura de sus omóplatos — ¿Vamos de paseo? —lo invitó, aunque ya estaban caminando de nuevo.

Aunque chilló y se retorció, Jennifer fue llevada por esos diez brazos enclenques. Rogó a gritos que se detuvieran, cada que podía le dirigía lastimosas miradas de piedad a su único aliado, quien para ese momento ya se había vaciado de tantas palabras que malgastó en aquellos monstruos. Exigía que se le diera una razón, o una explicación de lo que les ocurriría. No fue hasta llegar a la salida del auditorio cuando se iluminó a los rehenes. El chico del arma pegó la boca de fuego en la sien del líder.

— ¿Sabían que las ratas no se infectan con las mordidas de esas cosas? Bueno, probablemente no, ustedes comen diario lo mejor de lo mejor. Uno de los nuestros desapareció ayer. Se lo comieron. Han pasado días… —sus ojos se movían de la cara aterrorizada de Jennifer, a la frente sudorosa de Fidencio. Suspiró y bajó el arma — No hace falta explicarlo, éste es más listo que todos nosotros juntos. ¿Por qué nunca te burlaste de él, Jenny? O tal vez lo hiciste, pero ahora le chupas las bolas, porque te conviene, jodida zorra —alzó su pistola e hizo que la chica se atragantara con el cañón. Sus chillidos estaban mermados, pero los gruesos lagrimeos se deslizaban hasta su boca — La vas a ensuciar, rata de mierda — esbozó una sonrisa pequeña y extrajo el arma. Asintió con la cabeza.

Deslizaron el contenedor de basura que cubría el portón, lo necesario para abrirlo un poco y cerrarlo de inmediato. Balancearon a Jennifer como si la fueran a lanzar a una piscina… Fidencio comenzó a llorar y a suplicar que se detuvieran, que él la podría sustituir. El fortachón que le sostenía el brazo terminó por rompérselo, al mismo tiempo que la arrojaban, forjaban la salida de nuevo y escuchaban los aullidos ahogados de Jennifer, mientras su carne era disuelta en el rápido organismo de las criaturas poseídas que aguardaban tras esa muralla de acero. No era la primera vez que eran alimentados por estudiantes voladores.

Fidencio apareció a la mañana siguiente en la puerta de su sector. Sostenía su brazo escayolado. Permanecía en estado de shock, aunque su cara pareciera taciturna. Tan pronto llegó su compañero le actualizó con el estado del sector… o el juego de niños que llevaban en ese lugar.

— El celular no tiene recepción en este lugar. En cuanto a todo lo demás, está delicioso. —


“No más que Jennifer”, pensó Fidencio.

20170820

I. Las desventajas de una memoria eidética

1. Café
Fue poco antes de la salida, entre el estiramiento y el descanso del entrenamiento de Sora. Yo era reconocido de sobra como el tipo raro que admiraba a hombres sudados (o que apreciaba un buen entrenamiento de baloncesto, a veces me sorprendía la inocencia… la estupidez de la gente). Fue ahí cuando se acercó este chico, el que más me gustaba observar (puesto que no sólo lo “acosaba” durante sus horas de ejercicio). Como si fuese todo en cámara lenta, se quitó la liga que sostenía su cabello decolorado y me abordó: “vamos juntos en la clase de biología avanzada, ¿cierto?”

            Si no quedé boquiabierto fue porque mi cara roja (y caliente) se ocupaba de ponerme en ridículo. Moví mi cabeza en un arriba-abajo cauteloso, y él deleitó mi vista con sus dientes, que podrían servir perfectamente para anunciar un dentífrico de calidad. Continuó: “¿harás algo después de esto?”, su español, aunque sonaba chistoso, era perfecto. Mi cabeza hizo un izquierda-derecha que se ganó risas extra (yo era un perro, Fidencio el perro te hace el truco y tú le das un beso). Levantaba mis sospechas, parecía esforzarse demasiado para denotar un flirteo, ¿habría perdido una apuesta? Por ahora no me interesaba saberlo, me bastaba con la presión de la charla introductoria, ya que intuía una próxima invitación. Odio mis presentimientos, me ponen nervioso desde el inicio, hacía silencio en donde no debería haber.

            “Bueno”, alargó esa palabra y yo alcé la mirada hasta su rostro, “¿quieres tomar algo… conmigo… en la cafetería?” Era muy directo para ser asiático (japonés, me atrevería a decir), su pose era relajada y sus ojos estaban aferrados a mi cara, aunque mis ojos huyeran y volvieran, en el circuito de la ansiedad.

            “¿La cafetería?, ¿te refieres… a la cafetería que está a dos cuadras de aquí, o eres dueño de una cafetería y le llamas La Cafetería… o la cafetería es tu cafetería preferida? Estoy diciendo mucho la palabra cafetería.” Fue lo primero que me atreví a decir, que lo dejó tan perplejo como a mí, pero su risa denotaba una diversión casi auténtica.

            Hablaba de la que estaba cerca de la escuela. Después de que se despidiera de sus compañeros, caminamos al dichoso café. Aprovechó la caminata para presentarse, se llamaba Shimizu Sora (con el nombre de pila al final, no se acostumbraba a decirlo de manera “occidental”), venía de la Universidad de Tokio y se sorprendía de mis años adelantados, como todo el mundo. Yo sabía todo eso ya, todo lo que me había dicho. Comenté sobre la enorme disciplina que se tiene en Japón, con todo y la teoría de que yo sería un estudiante más bien promedio. La humildad ante todo. Al final me presenté también.

            Al sentarnos en medio del barullo cafetero me di cuenta de que esto era real, por muy precipitado que pareciera. El principio de una cadena de aconteceres peculiares en medio de las sonrisas y las apariencias de la primera cita. Tiempo después ambos confesamos nuestro intenso odio a las bebidas con cafeína, admitimos que fue una pobre excusa para presentarnos y comenzar una conversación (¡Claro!, ¡las tertulias y las señoras ricas que chismeaban en el café respaldaban esa referencia!). Dichas similitudes en el pensamiento sumaron el elemento del absurdo que necesita el amor, pero en ese entonces yo lo repasaba en mi mente con el nombre de “Destino”.

            Es sorprendente lo que una memoria privilegiada puede hacer, es imposible presumir de la mía, porque es caprichosa. No recuerdo de lo que hablamos, hay varios diálogos que creo que “borré” a propósito, debieron ser más vergonzosos que los que sí recuerdo. Suelo hablar entre bromas (mira, casi no se nota, necesitaba decirlo), es mi lenguaje cotidiano, recuerdo que contrastaba con su excesiva seriedad. Eso lo hacía más guapo, por alguna razón.

En ese momento Sora tenía una relación, lo que quiso con las sonrisas, las miradas y el café rancio era satisfacer la curiosidad que yo le provocaba. Ignoro por cuánto tiempo me vio como el fanático desubicado, y cuánto tiempo se vio él como el hombre soñado y perfecto de la relación. En su defensa (sin la intención de verme como su abogado), yo me conformé por un tiempo con todo lo que provenía de él, el motivo de mi obsesión; incluso esas muestras de caballerosidad chocantes, su pasión por hacerme quedar como una “pasiva hueca”, y la condescendencia que provenía de la constante necesidad de estar en una competencia estudiantil y laboral, posteriormente. Bueno, yo no era Nuestra Señora de la Almudena exactamente, mi inexperiencia en el campo de las emociones contribuyó también.

Debí preverlo, desde que dejó que yo pidiera las bebidas por los dos, sólo para juzgar mi decisión después, cuando rememoramos el primer momento de nuestra vida en conjunto. El silencio nunca me molestó, pero para Sora el barullo ocasionaba una necesidad de imitarlo, ser parte del caótico mecanismo que la sociedad montaba de cuando en cuando, en lugares como ese, La Cafetería. Independiente a eso, me gusta pensar que ese cúmulo de gente notaba la novedad de nuestro primer encuentro. Nuestro primer encuentro, mas no mi primera relación (no sé por qué tenía que aclararlo, tal vez por mi orgullo puro y duro).

*

20170806

Entre el perro del infierno, la buena idea ajena y la observación individual

Tengo una buena nueva.

Ya
dejo
espacios
entre
lo
que
escribo

y antes no lo hacía. 

Quiero suponer que los espacios también son modos se expresión. Las personas necesitan de su espacio, yo lo sé más que nadie, entonces ¿porquélaspalabrasnolonecesitarían?

Me hacía ilusión de poner todo junto lo que escribía porque sólo yo entendía la organización. Por otro lado, no sirve de nada esta técnica si después me ignoro y no vuelvo a leer todo ese embutido de oraciones.

Los espacios son importantes.

Quería decirlo.

20170804

Los panfletos útiles de la sociedad

Tengo ganas de escribir algo verdaderamente triste. Sé que pocas cosas enternecen a un tercero, yo puedo verter lágrimas en cualquier escrito mío, porque lo amo o porque me libero de algún sentimiento tóxico, pero no soy objetivamente triste, no sé si quiero serlo o me conformo con ser mi propia cebolla, bien picadita.

20170527

XX. "¡Esto va a ser LEGEN.... espera... DARIO!"


“Niños, les he estado contando la historia de cómo conocía a su madre, si bien hay muchas cosas que aprender de esta historia, esta puede ser la más grande de todas. Los momentos más grandes de sus vidas no serán necesariamente las cosas que hacen, también serán las cosas que les sucedan. Ahora, no estoy diciendo que no pueden tomar medidas para afectar el resultado de su vida, pueden salir de la puerta principal y su vida entera puede cambiar para siempre. Verán, el universo tiene un plan, niños, y ese plan está siempre en movimiento. Una mariposa bate sus alas y empieza a llover. Es un pensamiento aterrador pero también es algo maravilloso. Todas esas pequeñas partes de la máquina trabajando constantemente, asegurándose de que terminen exactamente donde se supone que deben estar. El lugar correcto en el momento correcto.”
—Ted Mosby a sus hijos

Sí, sí apestó. Apestó muchísimo el final de “How I met your mother” o “Cómo conocí a su madre”. Y ya. ¿Qué quería, amado lector? Esta columna se llama “Spoilers con reseñas”, ¿Esperaba la bellísima narración de un paseo en tranvía? ¿Fanfiction? ¿La reseña de la serie Una familia de diez? Para nada, usted debe saber que las cosas cambian: mi gente, el ancho de mis pantalones, los lugares donde mi mamá me golpea… Eh, en fin, bien o mal, las columnas del martes de Cómo conocí a tu serie, calientitas y abre fácil, llegaron a su fin. Todas las series retratadas aquí fueron vistas, sufridas, disfrutadas y sudadas por la inteligencia autoral (uy, sí). Pero contra todo pronóstico, la serie que inspiró el originalísimo nombre de esta publicación, fue ignorada. Fenómeno que está a punto de cambiar.

Me dirijo a usted, novato universitario, ese que llora por los ensayos al final de cada semestre, pero que todo el semestre la pasa “suave” en la cafetería. Sí, usted: ¿Sabe qué hay delante de esto? De este cúmulo de estrés, amigos y víboras de UAQ Aeropuerto… pues la vida. “La realidad”, “Allá afuera”, “Donde ya no van a recoger tu ropa sucia del piso”, entre otras menciones de los adultos que padecen esta situación. Pero también hay bares, noches legendarias, damas preciosas, hombres muy apuestos, sombrillas amarillas e historias, muchas, pero que muchas historias. Esto lo sabe Ted Mosby, incluso en el año 2030 todavía lo recuerda (se rumora que es dueño de una memoria eidética); por lo que se dedica a relatarles a sus dos hijos la historia de cómo conoció a su mamá. Y de eso van nueve temporadas y el misterio de la famosa madre.

Después de dos años de su finalización, fanáticos disgustados, columnas enteras dedicadas al odio proferido hacia HIMYM; no da para mucho, en absoluto. Si partimos de “la cola”, como bien lo haría el señorón Edgar Allan Poe con sus cuentos, resulta obvio el desarrollo de este texto… y la verdad, qué aburrido sería eso. Por ello, después del mal trago, no quedan sino recuerdos amargos, risas turbias y Neil Patrick Harris. Sí, porque las series tan largas como esta deben la vida al excelente performance de sus actores. Josh Radnor, Cobie Smulders, Alyson Hannigan, Jason Segel y el actor previamente nombrado, fueron amos y señores de nueve años de la sitcom de Sony Y FX. A pesar de la comparación con la invaluable Friends, esta comedia otorga nuevas primicias, giros de tuerca y la dulce sensación de ver al grupo una vez más en su bar más frecuentado.

Tras el primer capítulo flashback (como lo serán todos), se conoce a la nueva integrante del grupo de amigos: Robin Scherbatsky, una reportera canadiense. Las relaciones entre estos cinco personajes se perciben todo el tiempo como un conjunto sumamente ameno, que ni siquiera importa cuando se concibe el triángulo amoroso entre Robin, Ted Mosby y Barney Stinson; ni la estancia permanente de la pareja configurada por Marshall Eriksen y Lily Aldrin. Se conocen todas sus aventuras a lo largo de las treinta chicas con las que salió Ted, un romántico soñador, con la esperanza de que éste siente cabeza, como pasa con su pareja de amigos, desde la universidad. Por otro lado, Barney es presentado como el “ultimate mujeriego” y Robin, a quien no le interesa el compromiso insistente de Mosby, se guía más por el camino profesional.

Señor lector, debe metérselo en la cabeza: ultimadamente, el final es sólo un detalle. La apreciación lejana de toda la pintura, la saciedad que provocó tomar toda la botella, el giro inesperado en la novela, abrir los ojos y tener todavía cuatro horas para dormir; eso es lo que cuenta, los buenos ratos. Risas con esos amigos que duran hasta el 2030, abrazar al ser amado, recostarse en pleno disfrute de una buena serie. Tenemos algo innegable, algo que nos va a perseguir hasta que abucheen nuestro propio final, y es la capacidad de disfrutar del ahora, de esas veinte columnas, esos cien párrafos que costaron uno y la mitad del otro. El ocho, el cinco o el diez en Literatura Mexicana o Teorías de Medio Siglo es lo de menos. Respirar, porque estos años universitarios no nos representan. Lo que pasa en el bar, bajo la ventana de la persona amada, el 2030: eso nos representa.
"Dios, soy yo, Barney, ¡¿qué pasa?! Sé que no hablamos mucho, aunque gracias a mí muchas chicas claman tu nombre." Barney

“Nunca ocurre nada bueno después de las dos de la madrugada.” Ted

“- Chicos, todo el mundo tiene una opinión acerca de cuánto tiempo toma tras una ruptura.
- Lily: La mitad de lo que duró la relación.
- Marshall: Una semana por cada mes que estuvieron juntos.
- Robin: Exactamente 10.000 bebidas.
- Barney: Algo como esto no se puede medir temporalmente, hay una serie de pasos, desde su cama hasta la puerta de enfrente. ¡Bang! ¡Fuera de Aquí! ¡Siguiente!”

“No esperamos a la persona que tolere nuestros pequeños fallos… sino a la que le gusten." Ted

“He intentado tanto reprimir mi lado de idiota despreocupado que finalmente se rebeló." Marshall

“El futuro da miedo, pero no puedes volver al pasado solo porque te es familiar, aunque sea muy tentador." Robin

"¡Eh! Estoy en un punto de mi vida en el que mis trajes son mi familia." Barney

Gracias por leer

20170523

XIX. “Simplemente lo mejor, aunque con el toque justo de suciedad”

“Believe me! There's no honor among thieves... except for us of course.”*
--Saul a Walter. Breaking Bad 3x7 “One minute”

¿Hay algo mejor que Breaking Bad? Por supuesto que no, porque hacer comparaciones siempre es malo. Divinizar y absolutizar los gustos suele ser malo, por el estancamiento de ello. Por eso la serie de esta semana será tratada bajo nuevos criterios, a pesar de ser más de lo mismo, no es un “mismo” malo, por el contrario. La calidad de AMC regresó en el 2015 y con la renovación oficial de una tercera temporada, James Morgan McGill (Jimmy), mejor conocido como el querido abogado corrupto, Saul Goodman, ha venido para quedarse, no precisamente bajo la voluntad de nadie. La realidad tras este personaje parecía ser todo comedia y apariciones amenas en la serie anterior, llenas de maestría ilegal y la desvergonzada adoración al dinero; en este spin off se vuelve a explicar al televidente, con bolas y palitos, que esto no fue, ni es, necesariamente así.

“Better Call Saul!” el lema que se escuchó más de una vez, saliendo de los labios de Saul Goodman, es ahora el aclamado título de la precuela aludida. La trama gira en pleno año 2002, seis años antes del encuentro entre el imperio “metanfetamínico” de Walter White (en desarrollo) y el despacho de aquel abogado mañoso, dedicado al arte de las lagunas legales y la defensa del culpable a todas luces. Los billboards, la página web y los comerciales televisivos daban un callo “chafa” al personaje; una sobreactuación que declamaba falsedad, charlatanería y explotación de los recursos más bajos para un solo medio: defender a los criminales más ruines y poderosos de Nuevo México. No obstante, al regresar al 2002, Jimmy es un abogado de poca monta, un perdedor novato y dependiente de su hermano mayor.

El menor de los McGill era conocido como “Jimmy el resbaladizo” en sus años mozos. Establecido como un estafador de primera, nunca perdía la oportunidad de verle la cara a la gente, a través de diversas artimañas; el culmen de su desvergüenza es cuando decide defecar en el quemacocos del auto del amante de su ex. Tras este infortunio es llevado a prisión y después de cinco años, Chuck, el hermano mayor de Jimmy, decide interceder por él con su gran influencia como prestigioso abogado. El joven trabaja en el bufete de su hermano, como el chico de la mensajería, mientras estudia la carrera de derecho a distancia, en una universidad barata. Jimmy se gana el pan con su profesión, apenas ejerciendo como abogado defensor en un tribunal público, además de cuidar a su hermano, pues éste padece una fobia a los aparatos electrónicos, por lo que no continua ejerciendo, pero sigue siendo muy apreciado en su empresa, HHM.
La cosa con Saul es que no esperamos absolutamente nada de este pasado. Bueno, tal vez las artimañas; dado a que las famosas tapaderas criminalísticas y las tácticas de espionaje no pudieron salir de la noche a la mañana. La principal evolución con Goodman es la calca de Walter White: un sujeto bueno (en este caso “bueno”) se vence tras la vida y sus barrabasadas, y se deja llevar por esa corriente, ese deseo del “destino” de que sea malo, pura y llanamente malo. En comparación, Jimmy nos explica bastante de ese abogado quitado de pena con el que nos reímos en BrBa. El diablo está en los detalles, por lo que, una vez más, no podemos comparar a “Chana con su hermana”; Jimmy quiere ser bueno, pero su propia naturaleza, su imantación al juego y a buscar problemas no son ajenos. Incluso, uno podría atreverse a decir que Jimmy McGill/Saul Goodman es un antihéroe, de todas todas, cosa contraria en el caso de Heisenberg.

La vida no me va a ser suficiente para odiar a Chuck McGill. Y la explicación simplemente no cabe en cinco párrafos. Tras su hermano sólo se documenta el esfuerzo y el sobre esfuerzo de un hombre con la intención de hacer las cosas bien; que salga así o no es lo de menos, porque, vamos, Jimmy puede negociar con MATONES y pasar de la indiscutible muerte de dos pelirrojos entrometidos, a la ruptura de unos cuantos huesos de éstos; por dar ejemplos. Sólo queda la recomendación echada al aire, la rectificación del legado de Gilligan como algo inolvidable y la estadía del hombre camaleónico, de ese sucio abogado, el cual todos quisiéramos de nuestro lado, pero no nos gustaría tener la necesidad de recurrir a él. Ya lo sabe, si usted es "inocente"… “Better Call Saul!”

“Si estás lo suficientemente comprometido, cualquier mentira puede funcionar. Una vez le dije a una mujer que yo era Kevin Costner. Y se lo creyó porque yo también lo creí.”

“¿Me vas a decir que no tienes un plan para esta contingencia? La nave Enterprise tenía un botón de autodestrucción por si acaso, es todo lo que digo.”

“—¿Siquiera conoces a Walt? ¿Cómo se te ocurre que le interesaría comprar un negocio de Laser Combat? No va a funcionar.
—Funcionará perfectamente. Walt es un científico. ¡Los científicos aman los láseres!”

“¿Amor incestuoso? ¡Yo puedo hacerlo legal!”

“Hola, soy Saul Goodman, ¿sabes que tienes derechos? La constitución dice que sí.”

“IT’S SHOWTIME, FOLKS!”
10/10

*”¡Créeme! No hay honor entre los ladrones… a excepción de nosotros, por supuesto.”