El escape al bloqueo se esconde en el
esfuerzo de la práctica.
Escribo esto para empezar a ser un
escritor malo, debe ser el paso indicado hacia la buena escritura, asumiendo
que ésta existe, o que reside en otra mano –o boca– que no fuera la de Sócrates
o Aristóteles. Lo demás es un simple remix de lo que ellos y el diccionario del
idioma predilecto evoca. Tengo media hora de descanso de las clases sabáticas
de japonés y por eso escribo esto. Ni estoy acostumbrado a escribir a mano ni a
hacer algo útil en este día. Son las consecuencias de divagar por tanto tiempo:
¿Qué hacer? ¿Qué conviene?, ¿salir todas las mañanas a correr, fingiendo ser
saludable?, ¿dormir hasta tarde? ¿Empezar a planear la vida? Y al final nada se
hace, sólo queda salir de la cama para entrar al sofá, con una pantalla más
grande que el S5, a pretender que importa un unboxing youtuber o la décima
ocasión en que el destino sabatino se topa con el mismo video viral del gatito
comiendo sandía. Todo es más grande y pasa más veces, ¿no debería ser mejor
entonces? No, si fuera así la belleza veneraría a la gordura, cuando al final
nada de eso importa, la gente sólo son los distintos tonos de tos, humeando
hacia el éter como los círculos de plomo woolfianos.
El humano degenera en un reloj de arena, mientras más granitos haga mover, más
apestosos, arrugados y seniles éstos.
No sé si es odio, aburrimiento o
hambre. Tal vez el cinismo llegó cuando se fueron los demás. Sólo poseo nimias
e inexactas certezas, las cuales no sé si saltan a mi atención cuando se manifiestan
en el plano de lo supuestamente real. Por ahora sé que me fastidia el ruido a
lo idiota. Probablemente es de mis certezas subjetivas; lo que puede ser
estúpido para mí, debe ser un símil de la situación entre Rezia y Séptimus en
el medio del parque[1].
Ha empezado.
Me gusta el cabello rizado.
Hay gente que tiene el súper poder de
mirar fijamente a otros sin perturbarse o intimidarse.
Soy muy desesperado con todo en
general, hay cosas que por eso quedan incompletas en mi vida. No tengo el don
para adivinar o pensar en por qué pasa esto o aquello. De repente pasan y sólo
se escuchan risas adentro, risas de burla, risas que no debían ser, pero que
están ahí, para decir “Muérete, sólo muérete ya”. Dista mucho, temporalmente,
este pasaje de los párrafos anteriores, pero percibo una sensación de
monotonía, aborrecimiento e incomprensión. Juro que tengo más de dieciocho, por
lo menos, juro que las certezas recaen en el sufrimiento, en el sinsentido
empíricamente comprobado. Las patrañas que no se dicen en voz alta mutan en idioteces
redondas, bamboleantes y pesadas, llevadas en el cuello como un bonito regalo
de aniversario. Este es el tiempo que le dedicas a la tontería y no a salir y
comerte el mundo a mordidas, ¿qué hay con esa expectativa que uno se hacía en
la adolescencia?, ¿la vomitó la trigésima temporada de la serie mala de Netflix,
que sigues viendo con la esperanza de que (te) pase algo?
¿Qué tiene de malo, de todos modos, que te guste algo y creerte tonto por eso?
Reflexiones cuando uno no debe hacerlas:
Creo que la diferencia entre un
narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía
llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto
antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.
Pese a todo, hoy recibí una dulce
sorpresa. Me gusta creer que esta persona venía con esa intención y no con una
que adiviné a los pocos segundos de verla a los ojos. Tal vez no habló lo
suficiente. Tal vez debía callar más. Así podría escribir más para nadie.
