Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

20170211

Desperdicio encantador



El escape al bloqueo se esconde en el esfuerzo de la práctica.

Escribo esto para empezar a ser un escritor malo, debe ser el paso indicado hacia la buena escritura, asumiendo que ésta existe, o que reside en otra mano –o boca– que no fuera la de Sócrates o Aristóteles. Lo demás es un simple remix de lo que ellos y el diccionario del idioma predilecto evoca. Tengo media hora de descanso de las clases sabáticas de japonés y por eso escribo esto. Ni estoy acostumbrado a escribir a mano ni a hacer algo útil en este día. Son las consecuencias de divagar por tanto tiempo: ¿Qué hacer? ¿Qué conviene?, ¿salir todas las mañanas a correr, fingiendo ser saludable?, ¿dormir hasta tarde? ¿Empezar a planear la vida? Y al final nada se hace, sólo queda salir de la cama para entrar al sofá, con una pantalla más grande que el S5, a pretender que importa un unboxing youtuber o la décima ocasión en que el destino sabatino se topa con el mismo video viral del gatito comiendo sandía. Todo es más grande y pasa más veces, ¿no debería ser mejor entonces? No, si fuera así la belleza veneraría a la gordura, cuando al final nada de eso importa, la gente sólo son los distintos tonos de tos, humeando hacia el éter como los círculos de plomo woolfianos. El humano degenera en un reloj de arena, mientras más granitos haga mover, más apestosos, arrugados y seniles éstos.

No sé si es odio, aburrimiento o hambre. Tal vez el cinismo llegó cuando se fueron los demás. Sólo poseo nimias e inexactas certezas, las cuales no sé si saltan a mi atención cuando se manifiestan en el plano de lo supuestamente real. Por ahora sé que me fastidia el ruido a lo idiota. Probablemente es de mis certezas subjetivas; lo que puede ser estúpido para mí, debe ser un símil de la situación entre Rezia y Séptimus en el medio del parque[1]. Ha empezado.

Me gusta el cabello rizado.

Hay gente que tiene el súper poder de mirar fijamente a otros sin perturbarse o intimidarse.
Soy muy desesperado con todo en general, hay cosas que por eso quedan incompletas en mi vida. No tengo el don para adivinar o pensar en por qué pasa esto o aquello. De repente pasan y sólo se escuchan risas adentro, risas de burla, risas que no debían ser, pero que están ahí, para decir “Muérete, sólo muérete ya”. Dista mucho, temporalmente, este pasaje de los párrafos anteriores, pero percibo una sensación de monotonía, aborrecimiento e incomprensión. Juro que tengo más de dieciocho, por lo menos, juro que las certezas recaen en el sufrimiento, en el sinsentido empíricamente comprobado. Las patrañas que no se dicen en voz alta mutan en idioteces redondas, bamboleantes y pesadas, llevadas en el cuello como un bonito regalo de aniversario. Este es el tiempo que le dedicas a la tontería y no a salir y comerte el mundo a mordidas, ¿qué hay con esa expectativa que uno se hacía en la adolescencia?, ¿la vomitó la trigésima temporada de la serie mala de Netflix, que sigues viendo con la esperanza de que (te) pase algo?

¿Qué tiene de malo, de todos modos, que te guste algo y creerte tonto por eso?

Reflexiones cuando uno no debe hacerlas:


Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

Pese a todo, hoy recibí una dulce sorpresa. Me gusta creer que esta persona venía con esa intención y no con una que adiviné a los pocos segundos de verla a los ojos. Tal vez no habló lo suficiente. Tal vez debía callar más. Así podría escribir más para nadie.


[1] Referencia a un libro que ni he terminado: La Señora Dalloway de Virginia Woolf.

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