Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

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20170820

I. Las desventajas de una memoria eidética

1. Café
Fue poco antes de la salida, entre el estiramiento y el descanso del entrenamiento de Sora. Yo era reconocido de sobra como el tipo raro que admiraba a hombres sudados (o que apreciaba un buen entrenamiento de baloncesto, a veces me sorprendía la inocencia… la estupidez de la gente). Fue ahí cuando se acercó este chico, el que más me gustaba observar (puesto que no sólo lo “acosaba” durante sus horas de ejercicio). Como si fuese todo en cámara lenta, se quitó la liga que sostenía su cabello decolorado y me abordó: “vamos juntos en la clase de biología avanzada, ¿cierto?”

            Si no quedé boquiabierto fue porque mi cara roja (y caliente) se ocupaba de ponerme en ridículo. Moví mi cabeza en un arriba-abajo cauteloso, y él deleitó mi vista con sus dientes, que podrían servir perfectamente para anunciar un dentífrico de calidad. Continuó: “¿harás algo después de esto?”, su español, aunque sonaba chistoso, era perfecto. Mi cabeza hizo un izquierda-derecha que se ganó risas extra (yo era un perro, Fidencio el perro te hace el truco y tú le das un beso). Levantaba mis sospechas, parecía esforzarse demasiado para denotar un flirteo, ¿habría perdido una apuesta? Por ahora no me interesaba saberlo, me bastaba con la presión de la charla introductoria, ya que intuía una próxima invitación. Odio mis presentimientos, me ponen nervioso desde el inicio, hacía silencio en donde no debería haber.

            “Bueno”, alargó esa palabra y yo alcé la mirada hasta su rostro, “¿quieres tomar algo… conmigo… en la cafetería?” Era muy directo para ser asiático (japonés, me atrevería a decir), su pose era relajada y sus ojos estaban aferrados a mi cara, aunque mis ojos huyeran y volvieran, en el circuito de la ansiedad.

            “¿La cafetería?, ¿te refieres… a la cafetería que está a dos cuadras de aquí, o eres dueño de una cafetería y le llamas La Cafetería… o la cafetería es tu cafetería preferida? Estoy diciendo mucho la palabra cafetería.” Fue lo primero que me atreví a decir, que lo dejó tan perplejo como a mí, pero su risa denotaba una diversión casi auténtica.

            Hablaba de la que estaba cerca de la escuela. Después de que se despidiera de sus compañeros, caminamos al dichoso café. Aprovechó la caminata para presentarse, se llamaba Shimizu Sora (con el nombre de pila al final, no se acostumbraba a decirlo de manera “occidental”), venía de la Universidad de Tokio y se sorprendía de mis años adelantados, como todo el mundo. Yo sabía todo eso ya, todo lo que me había dicho. Comenté sobre la enorme disciplina que se tiene en Japón, con todo y la teoría de que yo sería un estudiante más bien promedio. La humildad ante todo. Al final me presenté también.

            Al sentarnos en medio del barullo cafetero me di cuenta de que esto era real, por muy precipitado que pareciera. El principio de una cadena de aconteceres peculiares en medio de las sonrisas y las apariencias de la primera cita. Tiempo después ambos confesamos nuestro intenso odio a las bebidas con cafeína, admitimos que fue una pobre excusa para presentarnos y comenzar una conversación (¡Claro!, ¡las tertulias y las señoras ricas que chismeaban en el café respaldaban esa referencia!). Dichas similitudes en el pensamiento sumaron el elemento del absurdo que necesita el amor, pero en ese entonces yo lo repasaba en mi mente con el nombre de “Destino”.

            Es sorprendente lo que una memoria privilegiada puede hacer, es imposible presumir de la mía, porque es caprichosa. No recuerdo de lo que hablamos, hay varios diálogos que creo que “borré” a propósito, debieron ser más vergonzosos que los que sí recuerdo. Suelo hablar entre bromas (mira, casi no se nota, necesitaba decirlo), es mi lenguaje cotidiano, recuerdo que contrastaba con su excesiva seriedad. Eso lo hacía más guapo, por alguna razón.

En ese momento Sora tenía una relación, lo que quiso con las sonrisas, las miradas y el café rancio era satisfacer la curiosidad que yo le provocaba. Ignoro por cuánto tiempo me vio como el fanático desubicado, y cuánto tiempo se vio él como el hombre soñado y perfecto de la relación. En su defensa (sin la intención de verme como su abogado), yo me conformé por un tiempo con todo lo que provenía de él, el motivo de mi obsesión; incluso esas muestras de caballerosidad chocantes, su pasión por hacerme quedar como una “pasiva hueca”, y la condescendencia que provenía de la constante necesidad de estar en una competencia estudiantil y laboral, posteriormente. Bueno, yo no era Nuestra Señora de la Almudena exactamente, mi inexperiencia en el campo de las emociones contribuyó también.

Debí preverlo, desde que dejó que yo pidiera las bebidas por los dos, sólo para juzgar mi decisión después, cuando rememoramos el primer momento de nuestra vida en conjunto. El silencio nunca me molestó, pero para Sora el barullo ocasionaba una necesidad de imitarlo, ser parte del caótico mecanismo que la sociedad montaba de cuando en cuando, en lugares como ese, La Cafetería. Independiente a eso, me gusta pensar que ese cúmulo de gente notaba la novedad de nuestro primer encuentro. Nuestro primer encuentro, mas no mi primera relación (no sé por qué tenía que aclararlo, tal vez por mi orgullo puro y duro).

*

20170212

(Golfa de los paréntesis)

No sé si es peor una fotografía diario o un escrito diario. Esta es la triste historia de los dedos que no sabían qué escribir pero sí (qué) sentir.

Es que es cierto, las cosas que se practican todos los días van perdiendo el saborcito, la carnita que hace a uno hasta voltear los ojos de tan sabrosa experiencia. Sin embargo aquí estamos, porque, digo… es la segunda vez que lo hago. Ya nos veremos las caras en la publicación número quinientos, o así... eso espero.

Eran dos cosas. Por un lado tengo la extraña inquietud de explicar algo sobre el acto de fumar; por otro, sobre el día… como si hubiera algo más allá del disfrute momentáneo del presente. Porque este día sí fue disfrutable, por lo menos no me quedé todo el día frente a la computadora, nada más moviendo las cosas pendientes de lado, como se suele hacer toda la vida, hasta la mera hora, la hora fatídica…

Hoy salí y me encontré con que ya nadie lo hace más, no con el mero propósito de asomar la nariz por hacerlo. Vivo en una calle enorme, enorme de larga; puedo presumir que en esta mañana me encontré apenas como a seis pelagatos y ni siquiera salí tan temprano como habría deseado. Es extrañamente relajante caminar sin tener un problema en el mundo, aparentemente. Pues era domingo y cualquiera que se precie no hace nada el fin de semana. Pensamiento cambiante con relación a la primera columna.

Pero es igual, uno sale de su comodina prisión para meterse a otra, la cual apenas tiene algunos cambios, pero en esencia atrapa, adormece y cristaliza el tedio. El secreto está en encerrarse con quien se prefiera, con quien haya tolerancia mutua, por cierto tiempo. Así es hasta que uno se hace pasita y después vuelve a inflarse en forma de esperma. Con semejante mentalidad, probablemente hubiera sido uno de los espermatozoides relegados, que esperan a que el más fuerte llegue. Si tan sólo me hubiera quedado en la mano de mi padre… y esperar pacientemente a que mi madre tuviera a un hermano mío, más fuerte, guapo, grande y frío. Nadie tan especial como el que no está.  

Regresando al punto, parece ser un buen día, nada ocupa excesivamente la preocupación de nadie para vomitar tanta bilis, no en domingo. La miseria cala porque deja morir a uno de a poco, cual pruebas gratuitas en el mall, hasta que le dicen a uno que es la tercera vez que se lleva un puño de donitas con azúcar y que se van a ver en la penosa necesidad de vetarlo... otra vez.
Sin darse golpes en el pecho, el presente es bello, porque se puede posponer el punto culmen hasta límites inverosímiles, hasta el más ínfimo segundo. Da gracia cuando no es uno el afectado, pero a la vez no hay nada como reírse de uno mismo cuando toca.

Oh sorpresa, uno se topa que las generaciones anteriores sí que hacen sus cosas el domingo, como todos los días. Y se topan con la famosa “millenniada”, se dan varios golpes en pecho, todo mundo pregunta “¿Qué hicimos mal con estos muchachos?”, cuando nada es tan malo para azotar a todo un rango de edad, un estilo de vida adaptable a cambios, a que todo cae en las manos en forma de descarga ilegal o de manera injusta, porque nadie enseñó que las demás generaciones culparían a ésta de todo. Y está la ansiedad, la era vintage, el anhelo de más, la realidad inferior, malsana, la completa mediocridad, salpicada en el rostro de jóvenes y ancianos.



Ahora, el fumar. Bastante relacionado con la ansiedad, el bulto que carcome y se lleva a los más débiles. Una vez alguien me dijo que el acto de fumar es igual al de respirar. Al final necesitamos observar ese halo que va o viene, necesitamos aspirar algo con cualquier propósito, menos para expandir a ese bulto que no hace más que crecer y, a la vez, muta en una pelota hueca en el estómago. Tal vez el fumar sea menos necesario que el respirar, pero por breves instante se presenta, atiende a las verdades físicas para ser, entonces observamos lo que nos mata.

Comienza como un dulce secreto, una expulsión ardiente en los pulmones tiernitos. La succión es tan fervorosa y pasional como el propio corazón, transmuta por un instante, preferiblemente interminable. De hecho, se acaba tan rápido que sólo queda pedir otro al amigo que experimentó antes y ahora se compra la cajetilla; eso o volver al asqueroso aire.

Inhalar y ver el dióxido de carbono, porque recuerda bastante a la exhalación en ambientes helados. La niñez, las mejillas sonrosadas y el olor a mamá. Observar la forma del humo: mujeres curvilíneas y deliciosas, paisajes preciosamente inimaginables, todo vertido a carboncillo. La sensación no escapa, el cilindrillo sí. Se extingue en la suela, se escupe lo que una vez se disfrutó. Queda ahí para que otros la pisen y noten que ahí se terminó el exhalo de un alma anhelante. El alma se autoconsume y las cenizas no son ella, son un despojo de malas decisiones, de amor malconstruido hacia el mismo ser.

Uno expele hasta que es expelido. Bota hasta que es botado. El humo ya nace de los pulmones, los cigarrillos se encuentran más cómodos en la boca de uno que en un cenicero, pues la boca huele más a ellos que ese asqueroso pedazo de vidrio que empala a sus conciudadanos moribundos. La vida finalmente dura lo que un cigarro y se acaba porque tiene que hacerlo, al final somos colillas dilapidadas en suelas de piedra, esperando que el caminante nos note y exhale melancolía, pero que cambie la página y fume a sus semejantes “vivos”, fuegos resplandecientes que refulgen en cada inhalación. La ceniza es el fracaso, la cercanía a la colilla es indicada por la calidez de vivir de la mano de más experiencias, saber más por diminuto que por nuevo. La cosa es que yo era un churro, tienen que prenderme constantemente para disfrutar.

La vida trata de rozarse con momentáneas experiencias en donde todo cuadra, seguido de un montón de confusión. El único intermedio es la risa, la caminata despreocupada, los besos, el adiós y el choque con otras mentes.


Y listo, a comer patrañas para la cena, aunque ya he comido suficiente por hoy, bueno… ¿qué tanto es tantito?