Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

20170214

Lágrimas mudas, moqueos ruidosos



Las cosas son o no son.

Cuando las personas se encuentran con una persona callada se hacen mil y un expectativas. “Será presumido” “Será prepotente” “Será aburrido” “Será mi próximo amor de mi vida” “Será tonto” “Será demasiado listo para comunicarse oralmente”. Bueno, con todos se forma esa idea, pero con las personas que no intervienen es otro nivel de idealización o rechazo. Lo cierto es que yo no sabría lidiar con alguien como yo. Hace mucho tiempo yo no era así, me gustaba hacer reír a la gente, permanecer como una persona alegre y carismática. Ahora mismo no recuerdo si aquellos espectadores llamados amigos sabían algo de mí. Yo creo que no.

Yo quisiera saber de mí sin tener el prejuicio del “Ojalá hubiera sido esto” “Sería mejor si yo fuera lo otro”. El cuerpo anhela atención del cerebro, con más razón cuando éste lo rechaza. Por un momento me gustaría no pensar de más y sólo disfrutar de lo que hablan conmigo, sin ser egoísta, sin tener la cara larga y el ceño perdido. Me gustaría que bastara yo para mí. No tener la necesidad de llegar a mi cuarto a llorar o a pasar unas horas de insomnio, pensando “¿Qué más hice mal?” “¿Por qué no puedo dormir, qué faltó?”

Tengo la impresión de MUCHO. Todo bombardea mi interior y yo lo propicio, pero yo mismo me sorprendo al recibirlo. Nada es igual, ni siquiera lo que pensé hace diez segundos, todo se esfuma y la expresión escrita no alcanza, hace falta gritar y deshacerse para volverse a armar o a crear. Todo es tanto tanto que no dan ganas de revisar cosa por cosa. Es mirar todo y pensar en deshacerse de compromisos, de personas, de gustos, de esencias. Es minimizar tanto al ser hasta que no sea nada. No se tiene que escribir, se tiene que desprender uno de las cosas, a como dé lugar. No tener certeza para que el mundo sorprenda de nuevo. No ser nada para ser algo por medio de los demás. Porque simplemente duele muchísimo ser y que nadie sepa de esa preciosura que uno ha creado, esos anhelos, esos sueños, esa falta de confianza que endurece todo ello, pero que a la vez anhela dejarlo salir. Hablar de disgustos, de percepciones, de una tontera de la clase. Hablar. Hablar. Hablar.


Sólo así podrían callarse las voces, podría renunciarse al silencio utópico. Sólo así se rechazan las expectativas ajenas, y se consigue: se logra ser.

Próxima idea: la relevancia de ser un extra, antes y después.

20170213

Teorema del olvido (probablemente sentí algo cuando escribí esto, pero cuando lo vuelva a leer se me va a olvidar)

No saber también implica algo, o eso creo. Para eso está la reutilización. Así se entiende que no hay nadie tan grande como el que se atrevió a dar el paso, el que se dejó de tonterías e influjos inspiradores para lograr una maldita cosa en este mundo. Por supuesto, se debe sentir bonito, ¿no? ¿No?

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<<No es Jack London

Se escuchaban apenas los gritos del pequeño negrito desde el portón. El hacendado se enderezó, sin soltar de las riendas a su yegua, quien totalmente atenta se desprendió de la hierba que devoraba y atendió a ese tirón amistoso.

El hijo de la criada seguía llamándolo a voces, incluso cuando estaba a metros de distancia. Bajó de su transporte y corrió hacia el establo. Encontró una escena digna de un campo de batalla, por lo menos desde su punto de vista como padre.

Su pequeño hijo de cinco años zarandeaba al pequeño cachorro que recién había parido Daisy; éste sólo se convulsionaba desesperadamente. El hacendado retiró a su pequeño, tan exasperado que no notó cuando Daisy se acercaba y ante sus ojos veía a su propia cría sufriendo. Ni tarda ni perezosa se abalanzó al cuello de su dueño y le arrancó la garganta de un mordisco. El niño seguía sacudiendo a su mascota, mientras el hijo de la criada dejó de gritar.>>

No tengo idea de por qué escribí esto en un ejercicio de clase. En realidad no creo que el niño se quede tan tranquilo después de que le arranquen la garganta a su padre, tal vez trataba de reflejar que la naturaleza absorbe a los entes exógenos y, como tal, el pequeño niño todavía permanecía como un ente ambiguo a los ojos de la perra, elemento natural, tanto como lo era el establo. Probablemente el niño pensó que su padre se sumía en un largo sueño, después de haber jugado con Daisy, porque todo el tiempo estaba afuera, cuidando de sus animales, los cuales lo querían mucho. Dar esa propiedad de cariño a un animal desinteresado por los sentimientos se recalca en esta vil copia de un ícono del naturalismo esencial de la literatura norteamericana.


Como tal, esta clase fue una de mis favoritas, había que leer obras con la que la gente se entiende más, muy diferente a Teócrito o a Virgilio. La adecuación a la cultura más cercana a la nuestra representa, a mi parecer, otro tipo de pérdida. No habría nada de malo con leer obras norteamericanas, pero habría que ver la consecuencia de leerlas de este lado del camino. El arte no entiende de geografía, por un lado; y por otro, dejaría de ser un movimiento artístico sin la diversidad y tal se genera con las distintas culturas y con la historia de éstas. El arte debe ser egoísta, pero también necesita mostrar aunque sea por arriba del tobillo; el arte de seducir, el centro de dar probaditas a quien se muere de hambre o sed. La metáfora de la necesidad, el calor.

20170212

(Golfa de los paréntesis)

No sé si es peor una fotografía diario o un escrito diario. Esta es la triste historia de los dedos que no sabían qué escribir pero sí (qué) sentir.

Es que es cierto, las cosas que se practican todos los días van perdiendo el saborcito, la carnita que hace a uno hasta voltear los ojos de tan sabrosa experiencia. Sin embargo aquí estamos, porque, digo… es la segunda vez que lo hago. Ya nos veremos las caras en la publicación número quinientos, o así... eso espero.

Eran dos cosas. Por un lado tengo la extraña inquietud de explicar algo sobre el acto de fumar; por otro, sobre el día… como si hubiera algo más allá del disfrute momentáneo del presente. Porque este día sí fue disfrutable, por lo menos no me quedé todo el día frente a la computadora, nada más moviendo las cosas pendientes de lado, como se suele hacer toda la vida, hasta la mera hora, la hora fatídica…

Hoy salí y me encontré con que ya nadie lo hace más, no con el mero propósito de asomar la nariz por hacerlo. Vivo en una calle enorme, enorme de larga; puedo presumir que en esta mañana me encontré apenas como a seis pelagatos y ni siquiera salí tan temprano como habría deseado. Es extrañamente relajante caminar sin tener un problema en el mundo, aparentemente. Pues era domingo y cualquiera que se precie no hace nada el fin de semana. Pensamiento cambiante con relación a la primera columna.

Pero es igual, uno sale de su comodina prisión para meterse a otra, la cual apenas tiene algunos cambios, pero en esencia atrapa, adormece y cristaliza el tedio. El secreto está en encerrarse con quien se prefiera, con quien haya tolerancia mutua, por cierto tiempo. Así es hasta que uno se hace pasita y después vuelve a inflarse en forma de esperma. Con semejante mentalidad, probablemente hubiera sido uno de los espermatozoides relegados, que esperan a que el más fuerte llegue. Si tan sólo me hubiera quedado en la mano de mi padre… y esperar pacientemente a que mi madre tuviera a un hermano mío, más fuerte, guapo, grande y frío. Nadie tan especial como el que no está.  

Regresando al punto, parece ser un buen día, nada ocupa excesivamente la preocupación de nadie para vomitar tanta bilis, no en domingo. La miseria cala porque deja morir a uno de a poco, cual pruebas gratuitas en el mall, hasta que le dicen a uno que es la tercera vez que se lleva un puño de donitas con azúcar y que se van a ver en la penosa necesidad de vetarlo... otra vez.
Sin darse golpes en el pecho, el presente es bello, porque se puede posponer el punto culmen hasta límites inverosímiles, hasta el más ínfimo segundo. Da gracia cuando no es uno el afectado, pero a la vez no hay nada como reírse de uno mismo cuando toca.

Oh sorpresa, uno se topa que las generaciones anteriores sí que hacen sus cosas el domingo, como todos los días. Y se topan con la famosa “millenniada”, se dan varios golpes en pecho, todo mundo pregunta “¿Qué hicimos mal con estos muchachos?”, cuando nada es tan malo para azotar a todo un rango de edad, un estilo de vida adaptable a cambios, a que todo cae en las manos en forma de descarga ilegal o de manera injusta, porque nadie enseñó que las demás generaciones culparían a ésta de todo. Y está la ansiedad, la era vintage, el anhelo de más, la realidad inferior, malsana, la completa mediocridad, salpicada en el rostro de jóvenes y ancianos.



Ahora, el fumar. Bastante relacionado con la ansiedad, el bulto que carcome y se lleva a los más débiles. Una vez alguien me dijo que el acto de fumar es igual al de respirar. Al final necesitamos observar ese halo que va o viene, necesitamos aspirar algo con cualquier propósito, menos para expandir a ese bulto que no hace más que crecer y, a la vez, muta en una pelota hueca en el estómago. Tal vez el fumar sea menos necesario que el respirar, pero por breves instante se presenta, atiende a las verdades físicas para ser, entonces observamos lo que nos mata.

Comienza como un dulce secreto, una expulsión ardiente en los pulmones tiernitos. La succión es tan fervorosa y pasional como el propio corazón, transmuta por un instante, preferiblemente interminable. De hecho, se acaba tan rápido que sólo queda pedir otro al amigo que experimentó antes y ahora se compra la cajetilla; eso o volver al asqueroso aire.

Inhalar y ver el dióxido de carbono, porque recuerda bastante a la exhalación en ambientes helados. La niñez, las mejillas sonrosadas y el olor a mamá. Observar la forma del humo: mujeres curvilíneas y deliciosas, paisajes preciosamente inimaginables, todo vertido a carboncillo. La sensación no escapa, el cilindrillo sí. Se extingue en la suela, se escupe lo que una vez se disfrutó. Queda ahí para que otros la pisen y noten que ahí se terminó el exhalo de un alma anhelante. El alma se autoconsume y las cenizas no son ella, son un despojo de malas decisiones, de amor malconstruido hacia el mismo ser.

Uno expele hasta que es expelido. Bota hasta que es botado. El humo ya nace de los pulmones, los cigarrillos se encuentran más cómodos en la boca de uno que en un cenicero, pues la boca huele más a ellos que ese asqueroso pedazo de vidrio que empala a sus conciudadanos moribundos. La vida finalmente dura lo que un cigarro y se acaba porque tiene que hacerlo, al final somos colillas dilapidadas en suelas de piedra, esperando que el caminante nos note y exhale melancolía, pero que cambie la página y fume a sus semejantes “vivos”, fuegos resplandecientes que refulgen en cada inhalación. La ceniza es el fracaso, la cercanía a la colilla es indicada por la calidez de vivir de la mano de más experiencias, saber más por diminuto que por nuevo. La cosa es que yo era un churro, tienen que prenderme constantemente para disfrutar.

La vida trata de rozarse con momentáneas experiencias en donde todo cuadra, seguido de un montón de confusión. El único intermedio es la risa, la caminata despreocupada, los besos, el adiós y el choque con otras mentes.


Y listo, a comer patrañas para la cena, aunque ya he comido suficiente por hoy, bueno… ¿qué tanto es tantito?

20170211

Desperdicio encantador



El escape al bloqueo se esconde en el esfuerzo de la práctica.

Escribo esto para empezar a ser un escritor malo, debe ser el paso indicado hacia la buena escritura, asumiendo que ésta existe, o que reside en otra mano –o boca– que no fuera la de Sócrates o Aristóteles. Lo demás es un simple remix de lo que ellos y el diccionario del idioma predilecto evoca. Tengo media hora de descanso de las clases sabáticas de japonés y por eso escribo esto. Ni estoy acostumbrado a escribir a mano ni a hacer algo útil en este día. Son las consecuencias de divagar por tanto tiempo: ¿Qué hacer? ¿Qué conviene?, ¿salir todas las mañanas a correr, fingiendo ser saludable?, ¿dormir hasta tarde? ¿Empezar a planear la vida? Y al final nada se hace, sólo queda salir de la cama para entrar al sofá, con una pantalla más grande que el S5, a pretender que importa un unboxing youtuber o la décima ocasión en que el destino sabatino se topa con el mismo video viral del gatito comiendo sandía. Todo es más grande y pasa más veces, ¿no debería ser mejor entonces? No, si fuera así la belleza veneraría a la gordura, cuando al final nada de eso importa, la gente sólo son los distintos tonos de tos, humeando hacia el éter como los círculos de plomo woolfianos. El humano degenera en un reloj de arena, mientras más granitos haga mover, más apestosos, arrugados y seniles éstos.

No sé si es odio, aburrimiento o hambre. Tal vez el cinismo llegó cuando se fueron los demás. Sólo poseo nimias e inexactas certezas, las cuales no sé si saltan a mi atención cuando se manifiestan en el plano de lo supuestamente real. Por ahora sé que me fastidia el ruido a lo idiota. Probablemente es de mis certezas subjetivas; lo que puede ser estúpido para mí, debe ser un símil de la situación entre Rezia y Séptimus en el medio del parque[1]. Ha empezado.

Me gusta el cabello rizado.

Hay gente que tiene el súper poder de mirar fijamente a otros sin perturbarse o intimidarse.
Soy muy desesperado con todo en general, hay cosas que por eso quedan incompletas en mi vida. No tengo el don para adivinar o pensar en por qué pasa esto o aquello. De repente pasan y sólo se escuchan risas adentro, risas de burla, risas que no debían ser, pero que están ahí, para decir “Muérete, sólo muérete ya”. Dista mucho, temporalmente, este pasaje de los párrafos anteriores, pero percibo una sensación de monotonía, aborrecimiento e incomprensión. Juro que tengo más de dieciocho, por lo menos, juro que las certezas recaen en el sufrimiento, en el sinsentido empíricamente comprobado. Las patrañas que no se dicen en voz alta mutan en idioteces redondas, bamboleantes y pesadas, llevadas en el cuello como un bonito regalo de aniversario. Este es el tiempo que le dedicas a la tontería y no a salir y comerte el mundo a mordidas, ¿qué hay con esa expectativa que uno se hacía en la adolescencia?, ¿la vomitó la trigésima temporada de la serie mala de Netflix, que sigues viendo con la esperanza de que (te) pase algo?

¿Qué tiene de malo, de todos modos, que te guste algo y creerte tonto por eso?

Reflexiones cuando uno no debe hacerlas:


Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

Pese a todo, hoy recibí una dulce sorpresa. Me gusta creer que esta persona venía con esa intención y no con una que adiviné a los pocos segundos de verla a los ojos. Tal vez no habló lo suficiente. Tal vez debía callar más. Así podría escribir más para nadie.


[1] Referencia a un libro que ni he terminado: La Señora Dalloway de Virginia Woolf.