Creo
que mi mami me quería, pero cuando mi hermanita se fue comenzó a dudar de su
amor. Es raro porque yo nunca pude verla, a mi hermanita. Iba a ser muy
chiquita, más que yo. Mi mami, como es más lista que yo, ella sí pudo verla,
sobre todo cuando engordó. No le digan que se los dije, porque me quita mis
chocolates. De todos modos, creo que ya sabía que estaba gorda, creo que hizo
la dieta que me recomendó su doctor y a mi mami sí le funcionó. Papi dice que
soy muy pequeño, y no debería tener una dieta. Me dan risa las dietas, porque
puedo reírme de ellas cuando ni mami ni mis amigos están. Todos se ríen de mi
pancita, pero yo puedo reírme solo, me siento mejor y lleno, muy llenito. No
quiero que mi papi me vea hacer esto, no quiero que llore también por mí.
Éramos
cuatro y de repente fuimos tres, mi mami siempre quiso que fuéramos más, pero
su interior estaba pudriéndose, como el caño, como un espacio peligroso en el
que mi papi no quería acercarse ni un poquito, ni con un palo. Yo lo entendía a
él. A lo mejor era por eso, porque mi mami no era nadie, ella quería que
salieran más de esa nada. Yo no la entendía a ella, hasta ahora, ahora que
puedo hablar de esto en voz alta es cuando sé las cosas que sé. No es como
cuando la maestra nos pide aprendernos la tabla del ocho, una de las más
difíciles. Es algo que sabes hasta que sabes que lo sabes, ¿sabes?
Entonces supe que la vida era difícil, cuando yo veía a las demás mamás en la salida de la escuela. Sus brazos abiertos nunca eran para mí, eran para mis compañeros, esas personas que me hacían sentir de todo, menos que pertenecía a ellos. Sus mamás eran buenas personas, podían sentir amor por niños tan malos. Tal vez si mi hermana estuviera ahí podría abrazarla, tal vez si estuviera ahí, mi mamá nos hubiera abrazado a los dos. Tenía que irme caminando, aunque después estaba el premio, era la tienda al lado de mi casa, era el refri y lo que tuviera la alacena.
Mi
papi había hecho algo, por eso mi abuelita ya no nos visitaba, ni mi primo y
mucho menos mi tía, la hermana de mi mamá. Creo que ella se sentía sola, como
yo, por no tener a su hermana cerca. Por eso sabía que había hecho algo mi
papi, porque escuchaba a mamá decirlo todo el tiempo. Nunca me gustó cuando me
hablaba de mi papi, yo tenía un hoyo incómodo que en ese momento no podía
llenar, porque mamá me iba a meter el dedo hasta la garganta, hasta que
vomitara todo lo que rellenaba en el hoyo.
¿Mamá sabía realmente quién era mi papi? No parecía ser el “idiota” que describía. Trataba tan mal a ese “estúpido” del que hablaba que me dolía mucho cuando me decía que me parecía mucho a él, más conforme iba creciendo. Fingía una cara de palo en cuanto ella abría la boca. La escuela iba mal y ella no podía callarse respecto a eso, entonces yo abría mi boca cuando ella no estaba y de par en par me metía una hogaza, una rebanada de pastel de chocolate, galletas, paletas, flanes. De repente mi boca era su boca y en su boca sólo cabía el sabor a confite. No había insultos, menosprecios o exigencias. Ella era dulce en mi mente y en su ausencia.
Mi
papi no sabe qué hacer con ella. A veces tiene que alzar la voz como ella para
que le entienda. Viven juntos todavía y no caben aunque la casa sea cada vez
más grande. Los muebles de mi papi no están ya, cada vez desaparecen más y más.
¿Es mi culpa? Ellos no caben y yo estoy cada vez más “ancho, gordo, obeso,
grasoso”… ahora mismo no recuerdo qué más me dice ella. Ah sí, “tonto”.
“Lento”. “Flojo”. “Bestia”. “Imbécil”. “Retardado”. “Inútil”. “Bulto”.
La última vez que vi a madre había golpeado a mi papi, directo en la cara, en esa cara tan parecida a la mía y tan repudiada por madre, desde hacía tantos años. Los insultos no se le acababan, madre siempre había sido muy “ocurrente”, como mi papi decía de ella. Tal vez por eso, porque madre era más lista y ocurrente podía maltratarnos y corrernos de su casa. ¿Había sido nuestra, de todos modos? Ni nuestra casa, ni nuestra madre, ni nuestra esposa. Nada, como nada era mi hermana; ficticia, también.
La mano áspera de mi papi, mi ropa y nada más. Yo me iba a acostumbrar a salir corriendo del peligro, era la especialidad de los hombres, justo como decía madre.
¿Enfrentarlo?,
jamás.

