Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

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20171113

Mamá a través del tiempo

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Creo que mi mami me quería, pero cuando mi hermanita se fue comenzó a dudar de su amor. Es raro porque yo nunca pude verla, a mi hermanita. Iba a ser muy chiquita, más que yo. Mi mami, como es más lista que yo, ella sí pudo verla, sobre todo cuando engordó. No le digan que se los dije, porque me quita mis chocolates. De todos modos, creo que ya sabía que estaba gorda, creo que hizo la dieta que me recomendó su doctor y a mi mami sí le funcionó. Papi dice que soy muy pequeño, y no debería tener una dieta. Me dan risa las dietas, porque puedo reírme de ellas cuando ni mami ni mis amigos están. Todos se ríen de mi pancita, pero yo puedo reírme solo, me siento mejor y lleno, muy llenito. No quiero que mi papi me vea hacer esto, no quiero que llore también por mí.

Éramos cuatro y de repente fuimos tres, mi mami siempre quiso que fuéramos más, pero su interior estaba pudriéndose, como el caño, como un espacio peligroso en el que mi papi no quería acercarse ni un poquito, ni con un palo. Yo lo entendía a él. A lo mejor era por eso, porque mi mami no era nadie, ella quería que salieran más de esa nada. Yo no la entendía a ella, hasta ahora, ahora que puedo hablar de esto en voz alta es cuando sé las cosas que sé. No es como cuando la maestra nos pide aprendernos la tabla del ocho, una de las más difíciles. Es algo que sabes hasta que sabes que lo sabes, ¿sabes?

Entonces supe que la vida era difícil, cuando yo veía a las demás mamás en la salida de la escuela. Sus brazos abiertos nunca eran para mí, eran para mis compañeros, esas personas que me hacían sentir de todo, menos que pertenecía a ellos. Sus mamás eran buenas personas, podían sentir amor por niños tan malos. Tal vez si mi hermana estuviera ahí podría abrazarla, tal vez si estuviera ahí, mi mamá nos hubiera abrazado a los dos. Tenía que irme caminando, aunque después estaba el premio, era la tienda al lado de mi casa, era el refri y lo que tuviera la alacena.

Mi papi había hecho algo, por eso mi abuelita ya no nos visitaba, ni mi primo y mucho menos mi tía, la hermana de mi mamá. Creo que ella se sentía sola, como yo, por no tener a su hermana cerca. Por eso sabía que había hecho algo mi papi, porque escuchaba a mamá decirlo todo el tiempo. Nunca me gustó cuando me hablaba de mi papi, yo tenía un hoyo incómodo que en ese momento no podía llenar, porque mamá me iba a meter el dedo hasta la garganta, hasta que vomitara todo lo que rellenaba en el hoyo.

¿Mamá sabía realmente quién era mi papi? No parecía ser el “idiota” que describía. Trataba tan mal a ese “estúpido” del que hablaba que me dolía mucho cuando me decía que me parecía mucho a él, más conforme iba creciendo. Fingía una cara de palo en cuanto ella abría la boca. La escuela iba mal y ella no podía callarse respecto a eso, entonces yo abría mi boca cuando ella no estaba y de par en par me metía una hogaza, una rebanada de pastel de chocolate, galletas, paletas, flanes. De repente mi boca era su boca y en su boca sólo cabía el sabor a confite. No había insultos, menosprecios o exigencias. Ella era dulce en mi mente y en su ausencia.

Mi papi no sabe qué hacer con ella. A veces tiene que alzar la voz como ella para que le entienda. Viven juntos todavía y no caben aunque la casa sea cada vez más grande. Los muebles de mi papi no están ya, cada vez desaparecen más y más. ¿Es mi culpa? Ellos no caben y yo estoy cada vez más “ancho, gordo, obeso, grasoso”… ahora mismo no recuerdo qué más me dice ella. Ah sí, “tonto”. “Lento”. “Flojo”. “Bestia”. “Imbécil”. “Retardado”. “Inútil”. “Bulto”.

La última vez que vi a madre había golpeado a mi papi, directo en la cara, en esa cara tan parecida a la mía y tan repudiada por madre, desde hacía tantos años. Los insultos no se le acababan, madre siempre había sido muy “ocurrente”, como mi papi decía de ella. Tal vez por eso, porque madre era más lista y ocurrente podía maltratarnos y corrernos de su casa. ¿Había sido nuestra, de todos modos? Ni nuestra casa, ni nuestra madre, ni nuestra esposa. Nada, como nada era mi hermana; ficticia, también.

La mano áspera de mi papi, mi ropa y nada más. Yo me iba a acostumbrar a salir corriendo del peligro, era la especialidad de los hombres, justo como decía madre.
¿Enfrentarlo?, jamás.


20170820

I. Las desventajas de una memoria eidética

1. Café
Fue poco antes de la salida, entre el estiramiento y el descanso del entrenamiento de Sora. Yo era reconocido de sobra como el tipo raro que admiraba a hombres sudados (o que apreciaba un buen entrenamiento de baloncesto, a veces me sorprendía la inocencia… la estupidez de la gente). Fue ahí cuando se acercó este chico, el que más me gustaba observar (puesto que no sólo lo “acosaba” durante sus horas de ejercicio). Como si fuese todo en cámara lenta, se quitó la liga que sostenía su cabello decolorado y me abordó: “vamos juntos en la clase de biología avanzada, ¿cierto?”

            Si no quedé boquiabierto fue porque mi cara roja (y caliente) se ocupaba de ponerme en ridículo. Moví mi cabeza en un arriba-abajo cauteloso, y él deleitó mi vista con sus dientes, que podrían servir perfectamente para anunciar un dentífrico de calidad. Continuó: “¿harás algo después de esto?”, su español, aunque sonaba chistoso, era perfecto. Mi cabeza hizo un izquierda-derecha que se ganó risas extra (yo era un perro, Fidencio el perro te hace el truco y tú le das un beso). Levantaba mis sospechas, parecía esforzarse demasiado para denotar un flirteo, ¿habría perdido una apuesta? Por ahora no me interesaba saberlo, me bastaba con la presión de la charla introductoria, ya que intuía una próxima invitación. Odio mis presentimientos, me ponen nervioso desde el inicio, hacía silencio en donde no debería haber.

            “Bueno”, alargó esa palabra y yo alcé la mirada hasta su rostro, “¿quieres tomar algo… conmigo… en la cafetería?” Era muy directo para ser asiático (japonés, me atrevería a decir), su pose era relajada y sus ojos estaban aferrados a mi cara, aunque mis ojos huyeran y volvieran, en el circuito de la ansiedad.

            “¿La cafetería?, ¿te refieres… a la cafetería que está a dos cuadras de aquí, o eres dueño de una cafetería y le llamas La Cafetería… o la cafetería es tu cafetería preferida? Estoy diciendo mucho la palabra cafetería.” Fue lo primero que me atreví a decir, que lo dejó tan perplejo como a mí, pero su risa denotaba una diversión casi auténtica.

            Hablaba de la que estaba cerca de la escuela. Después de que se despidiera de sus compañeros, caminamos al dichoso café. Aprovechó la caminata para presentarse, se llamaba Shimizu Sora (con el nombre de pila al final, no se acostumbraba a decirlo de manera “occidental”), venía de la Universidad de Tokio y se sorprendía de mis años adelantados, como todo el mundo. Yo sabía todo eso ya, todo lo que me había dicho. Comenté sobre la enorme disciplina que se tiene en Japón, con todo y la teoría de que yo sería un estudiante más bien promedio. La humildad ante todo. Al final me presenté también.

            Al sentarnos en medio del barullo cafetero me di cuenta de que esto era real, por muy precipitado que pareciera. El principio de una cadena de aconteceres peculiares en medio de las sonrisas y las apariencias de la primera cita. Tiempo después ambos confesamos nuestro intenso odio a las bebidas con cafeína, admitimos que fue una pobre excusa para presentarnos y comenzar una conversación (¡Claro!, ¡las tertulias y las señoras ricas que chismeaban en el café respaldaban esa referencia!). Dichas similitudes en el pensamiento sumaron el elemento del absurdo que necesita el amor, pero en ese entonces yo lo repasaba en mi mente con el nombre de “Destino”.

            Es sorprendente lo que una memoria privilegiada puede hacer, es imposible presumir de la mía, porque es caprichosa. No recuerdo de lo que hablamos, hay varios diálogos que creo que “borré” a propósito, debieron ser más vergonzosos que los que sí recuerdo. Suelo hablar entre bromas (mira, casi no se nota, necesitaba decirlo), es mi lenguaje cotidiano, recuerdo que contrastaba con su excesiva seriedad. Eso lo hacía más guapo, por alguna razón.

En ese momento Sora tenía una relación, lo que quiso con las sonrisas, las miradas y el café rancio era satisfacer la curiosidad que yo le provocaba. Ignoro por cuánto tiempo me vio como el fanático desubicado, y cuánto tiempo se vio él como el hombre soñado y perfecto de la relación. En su defensa (sin la intención de verme como su abogado), yo me conformé por un tiempo con todo lo que provenía de él, el motivo de mi obsesión; incluso esas muestras de caballerosidad chocantes, su pasión por hacerme quedar como una “pasiva hueca”, y la condescendencia que provenía de la constante necesidad de estar en una competencia estudiantil y laboral, posteriormente. Bueno, yo no era Nuestra Señora de la Almudena exactamente, mi inexperiencia en el campo de las emociones contribuyó también.

Debí preverlo, desde que dejó que yo pidiera las bebidas por los dos, sólo para juzgar mi decisión después, cuando rememoramos el primer momento de nuestra vida en conjunto. El silencio nunca me molestó, pero para Sora el barullo ocasionaba una necesidad de imitarlo, ser parte del caótico mecanismo que la sociedad montaba de cuando en cuando, en lugares como ese, La Cafetería. Independiente a eso, me gusta pensar que ese cúmulo de gente notaba la novedad de nuestro primer encuentro. Nuestro primer encuentro, mas no mi primera relación (no sé por qué tenía que aclararlo, tal vez por mi orgullo puro y duro).

*

20170211

Desperdicio encantador



El escape al bloqueo se esconde en el esfuerzo de la práctica.

Escribo esto para empezar a ser un escritor malo, debe ser el paso indicado hacia la buena escritura, asumiendo que ésta existe, o que reside en otra mano –o boca– que no fuera la de Sócrates o Aristóteles. Lo demás es un simple remix de lo que ellos y el diccionario del idioma predilecto evoca. Tengo media hora de descanso de las clases sabáticas de japonés y por eso escribo esto. Ni estoy acostumbrado a escribir a mano ni a hacer algo útil en este día. Son las consecuencias de divagar por tanto tiempo: ¿Qué hacer? ¿Qué conviene?, ¿salir todas las mañanas a correr, fingiendo ser saludable?, ¿dormir hasta tarde? ¿Empezar a planear la vida? Y al final nada se hace, sólo queda salir de la cama para entrar al sofá, con una pantalla más grande que el S5, a pretender que importa un unboxing youtuber o la décima ocasión en que el destino sabatino se topa con el mismo video viral del gatito comiendo sandía. Todo es más grande y pasa más veces, ¿no debería ser mejor entonces? No, si fuera así la belleza veneraría a la gordura, cuando al final nada de eso importa, la gente sólo son los distintos tonos de tos, humeando hacia el éter como los círculos de plomo woolfianos. El humano degenera en un reloj de arena, mientras más granitos haga mover, más apestosos, arrugados y seniles éstos.

No sé si es odio, aburrimiento o hambre. Tal vez el cinismo llegó cuando se fueron los demás. Sólo poseo nimias e inexactas certezas, las cuales no sé si saltan a mi atención cuando se manifiestan en el plano de lo supuestamente real. Por ahora sé que me fastidia el ruido a lo idiota. Probablemente es de mis certezas subjetivas; lo que puede ser estúpido para mí, debe ser un símil de la situación entre Rezia y Séptimus en el medio del parque[1]. Ha empezado.

Me gusta el cabello rizado.

Hay gente que tiene el súper poder de mirar fijamente a otros sin perturbarse o intimidarse.
Soy muy desesperado con todo en general, hay cosas que por eso quedan incompletas en mi vida. No tengo el don para adivinar o pensar en por qué pasa esto o aquello. De repente pasan y sólo se escuchan risas adentro, risas de burla, risas que no debían ser, pero que están ahí, para decir “Muérete, sólo muérete ya”. Dista mucho, temporalmente, este pasaje de los párrafos anteriores, pero percibo una sensación de monotonía, aborrecimiento e incomprensión. Juro que tengo más de dieciocho, por lo menos, juro que las certezas recaen en el sufrimiento, en el sinsentido empíricamente comprobado. Las patrañas que no se dicen en voz alta mutan en idioteces redondas, bamboleantes y pesadas, llevadas en el cuello como un bonito regalo de aniversario. Este es el tiempo que le dedicas a la tontería y no a salir y comerte el mundo a mordidas, ¿qué hay con esa expectativa que uno se hacía en la adolescencia?, ¿la vomitó la trigésima temporada de la serie mala de Netflix, que sigues viendo con la esperanza de que (te) pase algo?

¿Qué tiene de malo, de todos modos, que te guste algo y creerte tonto por eso?

Reflexiones cuando uno no debe hacerlas:


Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

Pese a todo, hoy recibí una dulce sorpresa. Me gusta creer que esta persona venía con esa intención y no con una que adiviné a los pocos segundos de verla a los ojos. Tal vez no habló lo suficiente. Tal vez debía callar más. Así podría escribir más para nadie.


[1] Referencia a un libro que ni he terminado: La Señora Dalloway de Virginia Woolf.