1995 no auguraba buenas noticias, primero el asesinato de Selena Quintanilla, después el accidente de la Fuerza Aérea Mexicana en el desfile del 16 de septiembre. Y al final yo, que desde el principio no quise poner de mi parte, ni siquiera para mi resurgimiento. Tras una semana de espera, cesárea fui y cesárea siempre seré.
A lo largo de este… texto, alargaré mi ceremonia entre certezas, lo que nunca pude decir, y reflexiones, lo que luché toda mi vida por expresar, aunque fuese de forma cobarde, ahí, detrás del alfabeto occidental. Así que no importan las flores que quieran echarme (metafóricas o reales), el núcleo, como yo, está aquí y no. De todos modos no tomé con seriedad muchas partes de mi vida, ¿Por qué habría de hacerlo con algo que ni siquiera estoy segura si voy a escuchar?
Toda la vida tuve miedo. Mis iniciales no pasaban de una extraña casualidad, los múltiplos de cinco en mi fecha de nacimiento, y mi hermana. Tuve miedo de no ser más allá de una serie de anécdotas premeditadas por mis padres. La importancia de los nombres, no olviden eso de mí, la primera apropiación del ser y el desacuerdo que nunca me dejaron manifestar.
Desde pequeño me taladraron la cabeza con el temor a una deidad castigadora, alguien que lloraba por mis pecados y por la miseria de mis deseos. La segunda parte de mi vida me sentí engañado, no había verdad permanente, la nada era igual al caos y a la depresión, el desafío a la gran deidad que de todos modos me odiaría, si yo igual había nacido confundido y laxo. Ahora, además de pasar por todas las etapas satisfactorias por las que pasa el hombre, incluida la muerte, se sostiene el mismo vacío.
Pero, ¿y qué si fui escéptico? ¿Y qué si no estaba seguro ni de mi propia existencia? No me arrepentiré de haber vivido con errores y malentendidos, porque es la mejor forma de vivir, la única. Después de todo, fuera de estos renglones chuecos de desesperación, nadie planea su último respiro, choca con el ser que desea la eterna interacción con su único amigo, el universo.
Deseo que mi cáscara, compuesta por piel resquebrajada y pelos desgastados, provoque el menor daño posible, como nunca pudo hacerlo cuando se descomponía poco a poco, bajo el mando de mi respiración errática. No obstante, nadie se quiere morir y yo no soy (sigo siendo) la excepción. Siempre había algo: un pendiente, un beso sin dar, un sueño sin resarcir. Estoy seguro que no sólo con la muerte uno experimenta el fulgor de las deudas. Pero éste es mi “hasta aquí”. No sé ni cómo seguir, no estoy seguro que lloren por nada de lo que dije, nada de lo que escribí tuvo esa verdadera intención. Si, a estas alturas de la vida, estas palabras todavía no han conseguido nada, hace sentido mi ausencia en este mundo.
Al final, sin importar qué, poner un punto final en mi firmamento me brinda paz. Espero los suyos (los de todos) con la paciencia que nunca tuve, donde quiera que nos encontremos diremos siempre la verdad, y nos amaremos por lo que en verdad fuimos.