Creo que la diferencia entre un narrador y un escritor en realidad es el tiempo. Uno se impacienta y ansía llegar rápido hasta La historia, sumergirse y a la vez salir de ahí cuanto antes, para chapotear en otras tramas. Un escritor se ahoga.

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20170831

Sibaritas a la plancha


—Ok, ok, ok… ¿me estás diciendo que me cambiarías tus siete latas de atún y los pastelillos que iban a servir el lunes… por Jennifer? —

Sabía que perjudicaba mucho su postura favorita, pero la verdad era que sentía tan delicioso estar medio recostado, con la espalda en el asiento del director. Sólo esperaba que no se le cayera su helado, que ya era el segundo que conseguía gracias al sudor de su propia frente (regaló su carpeta hecha a mano y hasta un beso tuvo que intercambiar). Su negociador estaba discutiendo arduamente con el encargado del sector cuatro, quien había acudido varias veces, con mayor cantidad de abarrotes en cada ocasión, con el propósito de “comprar” a una chica del sector uno. En verdad era una pena, pero el ambiente escolar, pese a todo, no se había reducido a una suerte de trata de blancas, además se contaba con ese detalle de que Jennifer no quería irse con el tipo.

            —Y, y, y, y… ¡también este trapeador! —clamó el “foráneo”, con un aire desesperado sobre su cuerpo.

            El negociador puso los ojos en blanco y volteó a ver al líder, Fidencio, quien solo tuvo que negarse con un movimiento de cabeza para que los “guardias” se llevaran al hombrecillo, el cual lanzaba gritos y amenazas a la chica sentada en el escritorio. Traía el uniforme hecho jirones, no dejaba nada a la imaginación, pero los demás ya se habían acostumbrado (por lo menos en ese sector, tal vez en el cuatro todos se mantenían impecables). Jennifer bajó en un saltito, sonrió al líder y volvió con su grupo de amigas, todas ocupadas en el conteo matutino de los recursos, iban de grupo en grupo y anotaban en libretitas el número de latas, prendas de ropa y demás artículos.

            Los materiales del escritorio habían sido arrojados, en un aparente desorden, por todo el suelo. Casas de campaña se improvisaban en las orillas del recinto. El sector principal dependía de menos de veinte personas, aunque en un principio la agrupación consistía en sólo tres. Era increíble, diario venían personas, rogando entrar a ese sector. En un estado de crisis, la gente muestra su verdadera cara, es fácil presenciar la humillación personificada con tal de conseguir ventaja.

— ¿Son todos? —cuestionó el joven encargado echando un vistazo a un bloc de notas sobre el semivacío escritorio.

—Sí, era el último. A menos que venga más tarde, este sujeto tiene una fijación con Jen… o le darán algo más gordo por ella, en otro lado. A este punto hay que pensar mal de todos. —

Fidencio era el único que tenía su uniforme más o menos intacto, sobre todo su calzado. Hace días se había quitado sus lentes y los había colocado como decoración en su escritorio, puesto que una lentilla se había roto justo al principio de la catástrofe. Gracias a la más hábil estrategia que pudo elucubrar, no tenía que salir nunca de la dirección, ese cuarto tenía la capacidad de un departamento de Nueva York, incluía un frigobar y medio baño, con un bidet de dudosa procedencia. Tanta paz había en su fortaleza que tenía tiempo hasta para recordar.

Empezó el lunes. El señor director había salido a un viaje de negocios y su lacayo (el subdirector) cada mañana se ocupaba en el cubículo de la maestra de derecho, por unas cuantas horas. Fidencio no era consciente de nada de eso todavía. Para el chico el principio de la semana no representaba la gran cosa, el lunes venía junto con la indicación de no esmerarse para nada en su aspecto, el uniforme (reciclado de uno de sus hermanos) no estaba planchado, el tedio brindaba una textura pastosa a su cara, pese a que sus zapatos fueran nuevos. Por lo ajustados que estos se sentían, tenía el presentimiento de que le apretarían aunque tuvieran un uso prolongado.

Siempre sacudía sus pies en su pupitre, aunque no fuera a caminar, el tic estaba ahí. Su puesto, en el tercer mesón de la primera columna, daba al único ventanal del salón de literatura. Fidencio ponía la mitad de su atención a lo que leía la profesora y la otra mitad a lo que pasaba en el portón de la institución. Antes de que empezara la clase, escuchó rumores acerca de un levantamiento en el núcleo de Madrid; a su vez, las redes sociales se congestionaron de mítines falsos en distintas áreas de la urbe, aunque nada pasara de memes y un revuelo de opiniones irrelevantes en Twitter.

Ver un brote apocalíptico con sus propios ojos fue revelador, se sentía en medio de una pesadilla. No vio cuando mordieron al chico, pero sí notó su intensa galopada hacia el portón. Al parecer se había retrasado y en el camino le desfiguraron la cabeza de un mordisco. Se trepó a la estructura como si fuera una liana y él un orangután (su complexión rolliza ayudaba a la comparación). Comenzó a golpear su cabeza contra la malla, con mayor velocidad y furia en cada ocasión.

Fidencio le reconoció, era un engreído más del equipo de baloncesto (y banca, para acabar de acabar su imbecilidad). Estaba a dos metros por encima del suelo, colgado, con una que otra raja en el cráneo, en donde se exponía el cerebro, con esa consistencia de espagueti recién preparado. Sus gritos (se desgarró la garganta en cuestión de segundos) fueron difíciles de ignorar. El anciano vigilante, tembloroso y asutadizo, se erguía con las manos extendidas debajo del simio descerebrado. Pobre, era la mitad de esa anatomía, no había pensado bien su posición.

Nuestro chico no pudo ver bien lo que pasó después, un compañero escandaloso anunció (voceó) el suceso. Acto seguido, todos ignoraron la clase y se aglutinaron en la ventana, incluida la académica, quien se abría paso entre la muchedumbre con sus sendas caderas, que por poco vuelcan el pupitre de Fidencio.

— ¡Se cayó encima! —

— ¡No quiero ver eso! —sin embargo, “pelaba” los ojos como si nunca hubieran existido párpados sobre el rostro de esa voz.

— ¡¿Esto es una película?! ¡Sus tripas parecen sandía! —

Una chica no tuvo el estómago suficiente para ver el suceso y echó su desayuno cerca del pizarrón.

El único que no gritaba de asombro se levantó y corrió, pese a la presión de sus pies, hacia la dirección. Le pidió a la secretaria, ante la ausencia de otra autoridad, que llamaran a la policía, a la ambulancia, a los bomberos, o ya tan siquiera a su mamá. La gordinflona alzó el teléfono a velocidad tortuga y, tras tecleos con su uña falsa del índice, negó con su expresión monótona y explicó que no había línea, no la había desde hace un par de horas (su mórbida tranquilidad era nivel zen).

El jovencito salió y activó la alarma contra incendios. Todos salieron en desorden, pululaban de todas las puertas como abejas frenéticas. Se dirigían al auditorio, el lugar más espacioso y alejado de la entrada, especializado para grandes emergencias… y las finales del torneo intercolegial de baloncesto y gimnasia rítmica.

Apenas un solo chico se fijó en el origen del chillido y se aproximó hasta la puerta de dirección. La secretaria reprimía a Fidencio, le hizo un par de preguntas inservibles (¿Cómo estás? y ¿para qué quieres a tu mamá?), pero al escuchar los aullidos en todo el lugar, sin preguntarse por un segundo el porqué, salió como toro del corral y se dirigió al cuartel. Incluso el pérfido subdirector y la de derecho, se acomodaron sus ropas mientras se confundían con el gentío que aceleraba el paso.

Nuestro astuto adolescente no esperó a que el recién llegado lo abordara y empezó.

— ¿Cambió algo en la entrada? ¿Está expuesta? —

— ¿Qué? —

— ¿Viste lo que pasó afuera? —se dirigió a la oficina del “jefe” y corrió las persianas, con el otro tras él.

— A-Ah, sí, sí, sí… yo preferiría no hablar de eso — una cantidad concentrada de homínidos se desplegó sobre la malla, justo cuando Fidencio clavó la mirada a ésta, consiguieron derrumbarla. Los edificios estaban expuestos. ¿Cuánto durarían adentro?

— ¡No tenemos tiempo para la timidez! —Se giró, con la espalda para el apocalipsis que se desataba a metros de él, y sacudió los hombros del muchacho desconocido — Necesitamos un centro de operaciones, murallas, recursos y manos… ¿tienes compañeros confiables? —

Acertó, el otro chico entró en sintonía en cuestión de segundos, la mirada ajena cobró un atisbo de reluciente agudeza. Haló del brazo a Fidencio y se dirigieron a la cafetería principal.

— Latas, colchonetas del gimnasio, muebles resistentes de dirección, la pc del director — enlistó el compañero, su actual negociador — Dios, me alegra que no esté mi padre ahora, tendría que agradecer sus estúpidos simulacros semanales. — Fidencio agradeció que no llegara en el momento que le gritaba a la secretaria, para contactar a su mami.

— Es nuestro maldito día de suerte — anunció el negociador justo cuando el líder reventaba su burbuja de pensamiento. El chico que tanto insistía con Jennifer asomó la enjutez que él llamaba cuerpo para solicitar la entrada a la dirección… de nuevo. O ése era el precedente, porque ahora sorprendió a todo el sector al entrar corriendo, directo hacia la chica que, al retroceder de imprevisto, tropezó con sus pies. Las chicas hicieron una especie de muralla a su alrededor, mientras los “guardias” y algunos otros chicos sostenían al energúmeno. A gritos pidió que lo soltaran, no fue así hasta que el líder dio la orden.

— Oye, oye, oye, oye… tú, Florencio, o como sea —señaló a Fidencio, buscó su inhalador y se proporcionó un respiro artificial para continuar — lo tengo. Un celular. —

— ¿Estás en drogas o ya te empezaste a golpear la cabeza? —contestó por él su fiel compañero, quien ya llevaba de un “ala” a aquel andrajo de hombre.

— Debes escucharme, es el único que tiene señal… y batería, y, y, y saldo —alargó la última característica del dispositivo, hasta ahora imaginario. Fidencio hizo un ademán para que lo dejaran de nuevo frente a su escritorio. Se irguió y miró de reojo a Jennifer.

— Me estás pidiendo a una persona a cambio de una llamada. —

Las chicas hicieron un alboroto antes de que siguiera la plática. La “mercancía” se puso al frente, asintió con la cabeza (como para darse fuerza a ella misma) y anunció:

— Quiero hacer el intercambio. —

Todas las personas que estaban ahí comenzaron a hablar al mismo tiempo, el desacuerdo era en general. No obstante, ni el jaloneo, ni las malas miradas, ni los ojos rencorosos del extranjero cambiaron algo en la decisión de la mujer. Se acercó a su líder y se encogió de hombros.

— Mira, ya estoy cansada del acoso en el que este freak nos tiene atrapados. Y si entrecierro los ojos no se ve tan ñango. —

— Necesitamos unas llamadas por acá, asegurarnos de ciertas cosas —contribuyó el negociador. Nadie vio que el extraño se frotaba sus manitas y se mordía los labios para no reír.

— La promoción viene con todo lo que prometí antes. —

Se fueron en fila desde la dirección. Jennifer hasta adelante, el chico del otro sector atrás de ella y Fidencio hasta atrás. Se había prometido un intercambio pacífico, sin resorteras o redadas de por medio. Como si ello no fuera suficiente precaución, fueron interpuestas un par de normas: todos los productos tendrían que estar en buenas condiciones, después de eso habría comunicación entre los sectores; y, sobre todo, si ella no estaba a gusto, a partir de un plazo de tres días, podría irse de nuevo a su sector originario. Todas las cosas llegaron justo a la hora en que partieron.

Antes de salir Jennifer se despidió de su grupo, anunció lo bien que había pasado esos días de crisis y poco le faltaba para mandar besos y hacer el largo-largo-corto-corto de las Miss Universo. Entre murmullos le prometió a Fidencio regresar a su lado y ocultarse por un tiempo, con tal de estar de vuelta. Aunque fuera contra las reglas, Fidencio le tranquilizó aquella promesa.

Pasó días recluido en aquel conjunto de oficinas, pero los pasillos lucían como si hubieran sido semanas. Muros cubiertos de todo tipo de sustancias, el piso resbaloso y repleto de huellas y materiales escolares. Se anunció la gran barata en mochilas percudidas y deformes, él no había asistido (se preguntó por la propia, el único error que había cometido fue no llevarla consigo al salir de su salón). Algunas puertas estaban reforzadas con pequeños muebles, pero a través de las ventanas (algunas rotas) se lograba atestiguar la calidad de vida de los demás sectores. Estudiantes que parecían vagabundos, adolescentes regulares que ahora se mantenían en estado catatónico, en un ovillo de desgracia y desamparo. Antes de llegar, se topó con una puerta en donde había un semicírculo que estaba comiendo, dos se arrebataban la última rata chamuscada, mientras una chica de la esquina mascaba como chicle una colita anillada y rosa, que se asomaba sobre sus delicados labios. Jennifer volteó a ver con horror al compañero de su sector, como para comprobar que lo que veía era real o se lo estaba imaginando.

Fidencio tragó saliva y, en medio de un escalofrío que le atravesaba la espalda, agachó la mirada. Todo pasó muy rápido. Cinco jóvenes (casi tan raídos como el foráneo) rodearon a Jennifer y la cargaron. El asmático se giró hacia Fidencio y le apuntó con un arma, un arma real, la única cosa que brillaba, en medio de tanto oxido y mugre. El líder temblaba pero no dejaba de hablar, aunque su lengua se tropezara en medio del verbo, vomitó tantas palabras que no fueron escuchadas, que ni él supo si eran congruentes o sólo eran súplicas irrelevantes.

— No quieras hacerte el héroe —fue lo único que contestó el chico. Detrás, un tipo más fornido que todos, tomó a Fidencio del brazo y torció éste para que quedara en su espalda, a la altura de sus omóplatos — ¿Vamos de paseo? —lo invitó, aunque ya estaban caminando de nuevo.

Aunque chilló y se retorció, Jennifer fue llevada por esos diez brazos enclenques. Rogó a gritos que se detuvieran, cada que podía le dirigía lastimosas miradas de piedad a su único aliado, quien para ese momento ya se había vaciado de tantas palabras que malgastó en aquellos monstruos. Exigía que se le diera una razón, o una explicación de lo que les ocurriría. No fue hasta llegar a la salida del auditorio cuando se iluminó a los rehenes. El chico del arma pegó la boca de fuego en la sien del líder.

— ¿Sabían que las ratas no se infectan con las mordidas de esas cosas? Bueno, probablemente no, ustedes comen diario lo mejor de lo mejor. Uno de los nuestros desapareció ayer. Se lo comieron. Han pasado días… —sus ojos se movían de la cara aterrorizada de Jennifer, a la frente sudorosa de Fidencio. Suspiró y bajó el arma — No hace falta explicarlo, éste es más listo que todos nosotros juntos. ¿Por qué nunca te burlaste de él, Jenny? O tal vez lo hiciste, pero ahora le chupas las bolas, porque te conviene, jodida zorra —alzó su pistola e hizo que la chica se atragantara con el cañón. Sus chillidos estaban mermados, pero los gruesos lagrimeos se deslizaban hasta su boca — La vas a ensuciar, rata de mierda — esbozó una sonrisa pequeña y extrajo el arma. Asintió con la cabeza.

Deslizaron el contenedor de basura que cubría el portón, lo necesario para abrirlo un poco y cerrarlo de inmediato. Balancearon a Jennifer como si la fueran a lanzar a una piscina… Fidencio comenzó a llorar y a suplicar que se detuvieran, que él la podría sustituir. El fortachón que le sostenía el brazo terminó por rompérselo, al mismo tiempo que la arrojaban, forjaban la salida de nuevo y escuchaban los aullidos ahogados de Jennifer, mientras su carne era disuelta en el rápido organismo de las criaturas poseídas que aguardaban tras esa muralla de acero. No era la primera vez que eran alimentados por estudiantes voladores.

Fidencio apareció a la mañana siguiente en la puerta de su sector. Sostenía su brazo escayolado. Permanecía en estado de shock, aunque su cara pareciera taciturna. Tan pronto llegó su compañero le actualizó con el estado del sector… o el juego de niños que llevaban en ese lugar.

— El celular no tiene recepción en este lugar. En cuanto a todo lo demás, está delicioso. —


“No más que Jennifer”, pensó Fidencio.

20170820

I. Las desventajas de una memoria eidética

1. Café
Fue poco antes de la salida, entre el estiramiento y el descanso del entrenamiento de Sora. Yo era reconocido de sobra como el tipo raro que admiraba a hombres sudados (o que apreciaba un buen entrenamiento de baloncesto, a veces me sorprendía la inocencia… la estupidez de la gente). Fue ahí cuando se acercó este chico, el que más me gustaba observar (puesto que no sólo lo “acosaba” durante sus horas de ejercicio). Como si fuese todo en cámara lenta, se quitó la liga que sostenía su cabello decolorado y me abordó: “vamos juntos en la clase de biología avanzada, ¿cierto?”

            Si no quedé boquiabierto fue porque mi cara roja (y caliente) se ocupaba de ponerme en ridículo. Moví mi cabeza en un arriba-abajo cauteloso, y él deleitó mi vista con sus dientes, que podrían servir perfectamente para anunciar un dentífrico de calidad. Continuó: “¿harás algo después de esto?”, su español, aunque sonaba chistoso, era perfecto. Mi cabeza hizo un izquierda-derecha que se ganó risas extra (yo era un perro, Fidencio el perro te hace el truco y tú le das un beso). Levantaba mis sospechas, parecía esforzarse demasiado para denotar un flirteo, ¿habría perdido una apuesta? Por ahora no me interesaba saberlo, me bastaba con la presión de la charla introductoria, ya que intuía una próxima invitación. Odio mis presentimientos, me ponen nervioso desde el inicio, hacía silencio en donde no debería haber.

            “Bueno”, alargó esa palabra y yo alcé la mirada hasta su rostro, “¿quieres tomar algo… conmigo… en la cafetería?” Era muy directo para ser asiático (japonés, me atrevería a decir), su pose era relajada y sus ojos estaban aferrados a mi cara, aunque mis ojos huyeran y volvieran, en el circuito de la ansiedad.

            “¿La cafetería?, ¿te refieres… a la cafetería que está a dos cuadras de aquí, o eres dueño de una cafetería y le llamas La Cafetería… o la cafetería es tu cafetería preferida? Estoy diciendo mucho la palabra cafetería.” Fue lo primero que me atreví a decir, que lo dejó tan perplejo como a mí, pero su risa denotaba una diversión casi auténtica.

            Hablaba de la que estaba cerca de la escuela. Después de que se despidiera de sus compañeros, caminamos al dichoso café. Aprovechó la caminata para presentarse, se llamaba Shimizu Sora (con el nombre de pila al final, no se acostumbraba a decirlo de manera “occidental”), venía de la Universidad de Tokio y se sorprendía de mis años adelantados, como todo el mundo. Yo sabía todo eso ya, todo lo que me había dicho. Comenté sobre la enorme disciplina que se tiene en Japón, con todo y la teoría de que yo sería un estudiante más bien promedio. La humildad ante todo. Al final me presenté también.

            Al sentarnos en medio del barullo cafetero me di cuenta de que esto era real, por muy precipitado que pareciera. El principio de una cadena de aconteceres peculiares en medio de las sonrisas y las apariencias de la primera cita. Tiempo después ambos confesamos nuestro intenso odio a las bebidas con cafeína, admitimos que fue una pobre excusa para presentarnos y comenzar una conversación (¡Claro!, ¡las tertulias y las señoras ricas que chismeaban en el café respaldaban esa referencia!). Dichas similitudes en el pensamiento sumaron el elemento del absurdo que necesita el amor, pero en ese entonces yo lo repasaba en mi mente con el nombre de “Destino”.

            Es sorprendente lo que una memoria privilegiada puede hacer, es imposible presumir de la mía, porque es caprichosa. No recuerdo de lo que hablamos, hay varios diálogos que creo que “borré” a propósito, debieron ser más vergonzosos que los que sí recuerdo. Suelo hablar entre bromas (mira, casi no se nota, necesitaba decirlo), es mi lenguaje cotidiano, recuerdo que contrastaba con su excesiva seriedad. Eso lo hacía más guapo, por alguna razón.

En ese momento Sora tenía una relación, lo que quiso con las sonrisas, las miradas y el café rancio era satisfacer la curiosidad que yo le provocaba. Ignoro por cuánto tiempo me vio como el fanático desubicado, y cuánto tiempo se vio él como el hombre soñado y perfecto de la relación. En su defensa (sin la intención de verme como su abogado), yo me conformé por un tiempo con todo lo que provenía de él, el motivo de mi obsesión; incluso esas muestras de caballerosidad chocantes, su pasión por hacerme quedar como una “pasiva hueca”, y la condescendencia que provenía de la constante necesidad de estar en una competencia estudiantil y laboral, posteriormente. Bueno, yo no era Nuestra Señora de la Almudena exactamente, mi inexperiencia en el campo de las emociones contribuyó también.

Debí preverlo, desde que dejó que yo pidiera las bebidas por los dos, sólo para juzgar mi decisión después, cuando rememoramos el primer momento de nuestra vida en conjunto. El silencio nunca me molestó, pero para Sora el barullo ocasionaba una necesidad de imitarlo, ser parte del caótico mecanismo que la sociedad montaba de cuando en cuando, en lugares como ese, La Cafetería. Independiente a eso, me gusta pensar que ese cúmulo de gente notaba la novedad de nuestro primer encuentro. Nuestro primer encuentro, mas no mi primera relación (no sé por qué tenía que aclararlo, tal vez por mi orgullo puro y duro).

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