1. Café
Fue poco antes de la
salida, entre el estiramiento y el descanso del entrenamiento de Sora. Yo era
reconocido de sobra como el tipo raro que admiraba a hombres sudados (o que
apreciaba un buen entrenamiento de baloncesto, a veces me sorprendía la
inocencia… la estupidez de la gente). Fue ahí cuando se acercó este chico, el
que más me gustaba observar (puesto que no sólo lo “acosaba” durante sus horas
de ejercicio). Como si fuese todo en cámara lenta, se quitó la liga que
sostenía su cabello decolorado y me abordó: “vamos juntos en la clase de
biología avanzada, ¿cierto?”
Si no quedé boquiabierto fue porque mi cara roja (y
caliente) se ocupaba de ponerme en ridículo. Moví mi cabeza en un arriba-abajo
cauteloso, y él deleitó mi vista con sus dientes, que podrían servir
perfectamente para anunciar un dentífrico de calidad. Continuó: “¿harás algo
después de esto?”, su español, aunque sonaba chistoso, era perfecto. Mi cabeza
hizo un izquierda-derecha que se ganó risas extra (yo era un perro, Fidencio el
perro te hace el truco y tú le das un beso). Levantaba mis sospechas, parecía
esforzarse demasiado para denotar un flirteo, ¿habría perdido una apuesta? Por ahora
no me interesaba saberlo, me bastaba con la presión de la charla introductoria,
ya que intuía una próxima invitación. Odio mis presentimientos, me ponen
nervioso desde el inicio, hacía silencio en donde no debería haber.
“Bueno”, alargó esa palabra y yo alcé la mirada hasta su
rostro, “¿quieres tomar algo… conmigo… en la cafetería?” Era muy directo para
ser asiático (japonés, me atrevería a decir), su pose era relajada y sus ojos
estaban aferrados a mi cara, aunque mis ojos huyeran y volvieran, en el
circuito de la ansiedad.
“¿La cafetería?, ¿te refieres… a la cafetería que está a
dos cuadras de aquí, o eres dueño de una cafetería y le llamas La Cafetería… o
la cafetería es tu cafetería preferida? Estoy diciendo mucho la palabra
cafetería.” Fue lo primero que me atreví a decir, que lo dejó tan perplejo como
a mí, pero su risa denotaba una diversión casi auténtica.
Hablaba de la que estaba cerca de la escuela. Después de
que se despidiera de sus compañeros, caminamos al dichoso café. Aprovechó la
caminata para presentarse, se llamaba Shimizu Sora (con el nombre de pila al
final, no se acostumbraba a decirlo de manera “occidental”), venía de la
Universidad de Tokio y se sorprendía de mis años adelantados, como todo el
mundo. Yo sabía todo eso ya, todo lo que me había dicho. Comenté sobre la
enorme disciplina que se tiene en Japón, con todo y la teoría de que yo sería
un estudiante más bien promedio. La humildad ante todo. Al final me presenté
también.
Al sentarnos en medio del barullo cafetero me di cuenta
de que esto era real, por muy precipitado que pareciera. El principio de una
cadena de aconteceres peculiares en medio de las sonrisas y las apariencias de
la primera cita. Tiempo después ambos confesamos nuestro intenso odio a las
bebidas con cafeína, admitimos que fue una pobre excusa para presentarnos y
comenzar una conversación (¡Claro!, ¡las tertulias y las señoras ricas que
chismeaban en el café respaldaban esa referencia!). Dichas similitudes en el
pensamiento sumaron el elemento del absurdo que necesita el amor, pero en ese
entonces yo lo repasaba en mi mente con el nombre de “Destino”.
Es sorprendente lo que una memoria privilegiada puede
hacer, es imposible presumir de la mía, porque es caprichosa. No recuerdo de lo
que hablamos, hay varios diálogos que creo que “borré” a propósito, debieron
ser más vergonzosos que los que sí recuerdo. Suelo hablar entre bromas (mira,
casi no se nota, necesitaba decirlo), es mi lenguaje cotidiano, recuerdo que
contrastaba con su excesiva seriedad. Eso lo hacía más guapo, por alguna razón.
En ese momento
Sora tenía una relación, lo que quiso con las sonrisas, las miradas y el café
rancio era satisfacer la curiosidad que yo le provocaba. Ignoro por cuánto
tiempo me vio como el fanático desubicado, y cuánto tiempo se vio él como el
hombre soñado y perfecto de la relación. En su defensa (sin la intención de
verme como su abogado), yo me conformé por un tiempo con todo lo que provenía
de él, el motivo de mi obsesión; incluso esas muestras de caballerosidad
chocantes, su pasión por hacerme quedar como una “pasiva hueca”, y la
condescendencia que provenía de la constante necesidad de estar en una
competencia estudiantil y laboral, posteriormente. Bueno, yo no era Nuestra
Señora de la Almudena exactamente, mi inexperiencia en el campo de las
emociones contribuyó también.
Debí preverlo,
desde que dejó que yo pidiera las bebidas por los dos, sólo para juzgar mi
decisión después, cuando rememoramos el primer momento de nuestra vida en
conjunto. El silencio nunca me molestó, pero para Sora el barullo ocasionaba
una necesidad de imitarlo, ser parte del caótico mecanismo que la sociedad
montaba de cuando en cuando, en lugares como ese, La Cafetería. Independiente a
eso, me gusta pensar que ese cúmulo de gente notaba la novedad de nuestro
primer encuentro. Nuestro primer encuentro, mas no mi primera relación (no sé
por qué tenía que aclararlo, tal vez por mi orgullo puro y duro).
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